Fiesta de San Ignacio de Loyola | Homilía del P. Arturo Sosa

El 31 de julio, festividad de San Ignacio de Loyola, el padre general Arturo Sosa presidió la misa en la iglesia del Gesù, en Roma. La iglesia estaba repleta de jóvenes de todo el mundo que visitan Roma con motivo del Jubileo de los Jóvenes, que se celebra en el marco de las actividades del Año Jubilar 2025. Durante la homilía, el padre general se inspiró en la vida y el legado de San Ignacio e invitó a todos a compartir la esperanza cristiana que no defrauda. A continuación se reproduce el texto completo de la homilía del Padre General.

Fiesta de San Ignacio de Loyola 2025
Iglesia del Gesù – Roma

Homilía

Bendigo al Señor en todo momento;
Su alabanza está siempre en mi boca
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren
(Salmo 33, 2-3)

Celebrar esta fiesta de San Ignacio de Loyola no busca exaltar a un hombre que se hizo peregrino del camino que lleva a la humildad desde la cual se llega a la familiaridad con Dios, a escucharlo, seguirlo con alegría y darle gracias por tanto bien recibido.

Celebramos para hacer memoria de la invitación a la conversión que cada uno de nosotros ha recibido. Como al profeta Jeremías, el Señor busca seducirnos. Nos invita a hacernos peregrinos que siguen a Jesús pobre y humilde. Si nos dejamos seducir, elegimos colaborar en su misión redentora, o sea, – como se dice en la Meditación de Dos Banderas (EE 136-147) – convertirnos en hazmerreír del mundo, recibir oprobios y menosprecios por la causa de Cristo. Al mismo tiempo, la fuerza del Señor que nos seduce se convierte en ese fuego interior que, una vez encendido, no se puede sofocar.

En este año jubilar 2025, la Iglesia nos invita a hacernos peregrinos de la Esperanza que no defrauda (Rom 5, 5). Muchas personas están respondiendo a este llamado a renovar su Esperanza y ponerse en camino siguiendo las huellas de Señor Jesús. Una muestra son las decenas de miles de jóvenes que estos días inundan la ciudad de Roma, que han peregrinado para darnos testimonio de Esperanza en medio a las turbulencias del cambio de época que ocultan para muchos sus signos y los ponen al borde de la resbalosa rampa de la desesperación.

Al celebrar la fiesta de San Ignacio de Loyola hacemos memoria del carisma que el Señor ha regalado a la misión de la Iglesia a través de su experiencia espiritual. La Esperanza que no defrauda es una de las dimensiones constitutivas del carisma que comparten quienes inspiran sus vidas en la espiritualidad de los Ejercicios Espirituales, quienes participan en apostolados cuya identidad se desprende de esa experiencia espiritual y de la vida consagrada que sigue su modo de proceder. La Compañía de Jesús nace precisamente del deseo de darle forma a un estilo de vida religiosa y apostólica fundada en ese específico don del Señor a su Iglesia.

Con frecuencia asociamos la Esperanza a una frase que usamos sin pensarla mucho: “estamos en las manos de Dios”. A veces la usamos como expresión de resignación ante lo que nos resulta inalcanzable, fuera de nuestro control o inevitable. Sin embargo, no somos “marionetas” movidas desde fuera por otras manos. Dios nos ha creado libres, personas capaces de tomar decisiones. No somos “robots” que siguen el programa diseñado por quien los arma y los pone en movimiento. Como seres libres podemos elegir el camino a seguir. Podemos elegir ponernos es sus manos, o sea, seducidos, dejarnos guiar por su Espíritu. La Meditación de Dos Banderas nos recuerda el primer paso de este camino: pobreza, por la cual superamos todo apego, nos hacemos indiferentes, podemos aceptar oprobios y menosprecios, hasta alcanzar la humildad que nos asemeja a Jesús. Nos recuerda también que hay otro camino cuyo primer paso es poner al centro la riqueza, la búsqueda de honores que ensoberbece. Abundan las presiones ambientales para que sea este el camino elegido.

San Pablo nos propone ser imitadores suyos como lo es él de Cristo, insiste en el camino que, desde la pobreza y la humildad, lleva a hacer todas las cosas para la mayor gloria de Dios. En quienes compartimos el carisma Ignaciano suena muy familiar la expresión “a la mayor Gloria de Dios”. Es el lema estampado no sólo en las paredes de nuestras casas o en nuestro escudo, sino en nuestros corazones agradecidos que palpitan por ese amor gratuitamente recibido.

Recibir el carisma ignaciano capacita para hacernos discípulos de Jesús pobre y humilde posponiendo todo lo demás o, mejor dicho, ordenando las relaciones que nos constituyen como seres humanos, los lazos de la sangre y la cultura, desde la única y principal relación vital con el Señor, en cuyas manos elegimos ponernos, porque reconocemos en Él la fuente de la Vida que hace posible y acompaña nuestras vidas concretas como personas, comunidades, pueblos, culturas...

Experimentar al Señor como quien nos da la vida y acompaña nuestros pasos es la condición para elegir desde la Fe (confianza) y la Esperanza en Él. La Esperanza es la certeza, contra lo que aparece, de la posibilidad de vivir como hermanos y hermanas en un mundo justo y en paz, porque esa es la voluntad del Padre, convertida en promesa para la humanidad. Cuando elegimos ponernos en sus manos, es decir, poner en Dios toda nuestra Esperanza, aceptamos cargar con la cruz, transitar el camino de Jesús quien no prometió otra cosa que compartir su suerte, ser rechazado, perseguido, detenido y juzgado injustamente, torturado hasta dar la vida... esperando la Vida Resucitada.

Siguiendo el carisma de San Ignacio de Loyola empezamos a vivir como esperamos que sea ese mundo en el que se ha cumplido la promesa del Reino de Justicia, Paz y Amor. Como Jesús, nos convertimos en signos de contradicción, caminamos contracorriente, proclamando con nuestra vida y trabajo eso que parece imposible o improbable.

Nuestra Señora del Camino, nos haga partícipes de su confianza en la gracia del Señor para quien nada es imposible.

¡Feliz memoria de San Ignacio de Loyola!

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Publicado por Communications Office - Editor in Curia Generalizia
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