Rompiendo cadenas y construyendo el futuro: en Jharkhand los jesuitas transforman la juventud tribal
Por Sanjay Kerketta, SJ | St. Xavier’s College Ranchi
Una misión que nace de la injusticia
A su llegada a Chotanagpur en 1869, los misioneros jesuitas belgas encontraron un panorama de opresión sistemática. Las tribus adivasi –munda, oraon, ho, santhal, kharia– vivían en tierras ricas en minerales, pero se veían privadas de su dignidad, sus recursos y de toda esperanza. El sistema zamindari las había oprimido durante generaciones. Era habitual el trabajo forzoso (beth begari). Las comunidades estaban aterrorizadas por diversos males sociales, como eran las acusaciones de brujería, los matrimonios infantiles y las prácticas ocultistas.
Los jesuitas podían haberse limitado a construir iglesias y salvar almas. Pero en su lugar tomaron una decisión radical: caminar junto a los pueblos tribales como compañeros y no como salvadores. Y localizaron dónde iban a ganar o perder la verdadera batalla: con los jóvenes.
1885: Un punto de inflexión
En 1885 se había hecho ya concreto el compromiso de la Compañía. Sus misioneros no se iban a marchar. Se enfrentarían a los terratenientes zamindari en los tribunales, denunciarían públicamente las prácticas explotadoras, iniciando un movimiento contra la enajenación de la tierra que acabó desencadenando una evangelización masiva. Pero incluso cuando miles de personas abrazaron el cristianismo, la Compañía mantuvo su mirada fija en un horizonte ulterior.
El futuro pertenecía a los jóvenes. Y si las comunidades tribales habían de experimentar una auténtica transformación, los jóvenes necesitaban algo más que sacramentos. Necesitaban educación, cultivar sus habilidades, confianza en sí mismos y una visión de su propia dignidad. A partir de esa convicción, surgió una estrategia para toda la Provincia: invertirlo todo en la formación de jóvenes.
Escuelas hasta en los últimos rincones
La estrategia se planteó un audaz alcance. Los jesuitas no se limitaban a abrir instituciones de élite en los centros urbanos. Plantaron escuelas por todas partes: en aldeas remotas donde los niños nunca habían visto un aula, en pueblos mineros donde infancia significaba trabajo, en zonas tan marginadas que habían sido consideradas inaccesibles por otros misioneros.
St. John’s School en Ranchi. St. Ignatius School en Gumla. St. Paul’s School en Rengarih. St. Peter’s School en Tongo. Janta High School en Noadih.Todas se convertían en puntos de referencia. Las parroquias, casi en su totalidad, creaban su propia escuela, haciendo así que la educación fuera inseparable de la vida comunitaria. El mensaje era inequívoco: tus hijos importan, sus mentes importan, sus futuros importan.
Pero los jesuitas previeron otra trampa social. ¿Qué ocurriría cuando los estudiantes tribales más brillantes completaran sus cursos y se toparan con un muro? ¿A dónde irían? ¿En qué se convertirían? Sin vías de acceso a la educación superior, toda aquella enseñanza primaria daría origen a ambiciones frustradas en lugar de a un liderazgo empoderado.
Así que en 1944 fundaron el St. Xavier’s College, en Ranchi, que sería un puente hacia el aprendizaje superior. En 1955 se inauguró el Xavier Institute of Social Service, para formar a los estudiantes no solo en materias académicas, sino también en análisis social y en liderazgo. En institutos politécnicos comenzaron a enseñarse aptitudes técnicas. En centros de formación agrícola se preparaba a jóvenes rurales para practicar una agricultura moderna. Era un ecosistema global: todos los jóvenes, en todas las etapas, encontraban un lugar donde crecer.
La formación sobrepasa los libros de texto
Los jesuitas comprendieron que la educación sin carácter produce oportunistas inteligentes, no agentes de cambio. Por eso crearon un universo paralelo de programas de formación que moldease los corazones y los valores a la vez que las mentes.
La Comunidad de Vida Cristiana (CVX), puesta en marcha por el P. Joseph Müllender en Sarwada, se convirtió en un espacio donde los estudiantes reflexionaban, aprendían a discernir y a tener un compromiso social. La All-India Catholic University Federation (AICUF – Federación Universitaria Católica para el conjunto de la India) suponía para ellos un desafío intelectual y cultural, y fomentaba en ellos un pensamiento crítico acerca de la justicia, la sociedad y de su papel como líderes emergentes.
En todas las parroquias, las Yuva Sanghs (organizaciones juveniles) rebosaban energía. No eran simples grupos eclesiásticos superficiales, sino incubadoras de liderazgo donde los jóvenes descubrían que podían influir en sus comunidades. Programas como Jeevan Pravesh (Orientación para la vida) captaban a los estudiantes en momentos críticos, justo antes de la matriculación, y les ayudaban a hacerse cargo de su propio bienestar emocional, mental y psicológico.
Más recientemente, los programas Magis han creado “refugios de esperanza”, invitando a los jóvenes a adoptar el discernimiento, el servicio y la excelencia como principios de vida. El enfoque es claro: formar a la persona en su totalidad, no solo su inteligencia.
Una cuna de vocaciones
Según si va profundizando en esta formación, ocurre algo extraordinario. Los jóvenes de las tribus, cuyos antepasados han sido considerados atrasados e incivilizados, comienzan a sentirse llamados a la vida sacerdotal y religiosa en gran número.
Gracias a un constante acompañamiento pastoral y a la colaboración con otras congregaciones y diócesis, Jharkhand se ha convertido en cuna de vocaciones para toda la Iglesia de la India. Cuatro escuelas apostólicas funcionan ahora como “viveros de vocaciones”, formando no solo futuros jesuitas, sino sacerdotes y religiosos para congregaciones y diócesis de todo el país.
No se trata de reclutar. Se trata de que los jóvenes experimenten una dignidad y un propósito tan profundos que quieran dedicar su vida a crear la misma experiencia para otros. El liderazgo espiritual y moral que surge de estas comunidades representa uno de los legados más duraderos de la Provincia de Ranchi.
El despertar
El P. Marianus Kujur, SJ, ha captado perfectamente la transformación. En su discurso sobre “Los jóvenes indígenas como agentes de cambio para la autodeterminación”, señala que los jóvenes tribales de hoy en día son radicalmente diferentes a la generación de sus abuelos. Están despiertos. Son conscientes. Son conscientes de sus responsabilidades para con la sociedad y con el medio ambiente.
Los jóvenes tribales, sencillos y trabajadores, que antes aceptaban la opresión como un destino inevitable, sienten “una nueva oportunidad de vida”. La educación y la concienciación, les han hecho desarrollar una conciencia crítica y valores morales. A la vez que se comprometen de forma constructiva con la modernidad, están aprendiendo a salvaguardar su identidad y sus raíces. Y lo que es más importante, se están convirtiendo en agentes de cambio dentro de sus propias comunidades, sin esperar a que los que vienen de fuera se ocupen de su “desarrollo”: asumen la responsabilidad de su futuro colectivo.
Una batalla inconclusa
Pero los jóvenes tribales siguen enfrentándose a la marginación, la explotación y el desplazamiento, sobre todo a causa de proyectos mineros que se apoderan de sus tierras ricas en recursos en nombre del “desarrollo”. Las comunidades se ven azotadas aún por la pobreza, la malnutrición, la pérdida cultural y la migración forzosa. La discriminación sistemática y la explotación económica persisten incluso en Jharkhand, un estado que se asienta sobre una vasta riqueza natural.
A medida que la sociedad mayoritaria presiona para producir fuerte asimilación, se acelera una clara erosión cultural, lo que deja a los jóvenes inermes ante una crisis de identidad, de manipulación y ante múltiples conflictos. Las dificultades económicas siguen impidiendo a muchos jóvenes de las aldeas acceder a una educación de calidad, lo que los atrapa en ciclos de pobreza que conducen a trabajos de baja categoría, a la migración, al abuso de sustancias y la desorientación.
Y han surgido nuevas amenazas. La adicción digital y el “FOMO” (“fear of missing out” – miedo a perderse algo) distorsionan sus aspiraciones por medio de las redes sociales. El estrés psicológico que supone navegar por múltiples mundos –tribales y modernos, rurales y urbanos– desestabiliza el bienestar emocional precisamente en la edad en que los jóvenes más necesitan estabilidad.
Retos compartidos, misión compartida
La Provincia de Ranchi ha logrado algo extraordinario. Por medio de la educación, de la formación, la formación profesional, la preservación cultural y la incansable defensa de la justicia, ha formado generaciones de líderes adivasi que ahora prestan servicio en iglesias, oficinas gubernamentales, escuelas y en la sociedad civil de toda la India.
Pero la conclusión es ineludible: los retos a los que se enfrentan los jóvenes tribales de hoy son los retos a los que se enfrentan los jesuitas actuales.
Desplazamiento, crisis de identidad, explotación económica, erosión cultural... Estos no son problemas que los jesuitas resolvieran hace décadas Son amenazas vivas y en evolución que requieren el mismo acompañamiento radical que caracterizó el enfoque de los misioneros belgas en 1885.
La tarea que nos espera actualmente es seguir caminando junto a los jóvenes en un mundo que cambia rápidamente. Impulsar su inmensa energía y canalizarla hacia la justicia, la integridad y la esperanza. Ayudarles a forjar un futuro basado en la dignidad, la fe y la autodeterminación, en el que no tengan que elegir entre identidad cultural y oportunidades económicas, en el que su tierra esté protegida y en el que su educación signifique una liberación y no una alienación.
La transformación que comenzó en 1869 no ha terminado. Los jóvenes que antes eran objeto de la misión son ahora sujetos de su propia historia.







