Invertir en el futuro: cuando los alumnos se convierten en educadores
La École Fondamentale Saint Louis de Gonzague se creó para ofrecer a cada niño un espacio en el que sentirse integrado, convivir y aprender junto a los demás, y en el que se reconozca su dignidad como seres humanos. Cuando los jesuitas fundaron el colegio en septiembre de 2004, en una región muy afectada por la guerra civil de Burundi, su objetivo era contribuir a la educación de los niños de comunidades marginadas que corrían el riesgo de unirse a grupos armados. Desde el principio, los alumnos han podido estudiar de forma gratuita, lo que ha garantizado el acceso a la educación a los más vulnerables.
Hoy en día, la escuela ha crecido hasta acoger a 1.130 alumnos (578 niñas y 542 niños). Teniendo en cuenta estas cifras, la necesidad constante de ampliar las aulas, y el deseo de mejorar la calidad de la educación, uno podría pasar por alto el impacto más profundo de esta institución. Sin embargo, una conversación con Didier Dusabe revela algo más: esto no es solo una escuela; es una escuela de la Compañía, y eso marca una profunda diferencia.
Didier no es simplemente un profesor; es un antiguo alumno de la misma escuela y, hoy en día, su propio hijo también estudia allí. Didier da clases de informática básica a alumnos de los cursos 7º a 9º. Más allá del aula, se dedica a la fotografía y al diseño creativo, creando artículos como llaveros, expresiones prácticas de la creatividad que cultivó durante su formación.
Didier recuerda que la primera vez que vio y tocó un ordenador fue en Saint Louis de Gonzague, cuando un escolar jesuita le animó a probarlo. Aunque en aquella época no había clases formales de informática, lo que más le llamó la atención fue la relación entre los jesuitas y los alumnos. Los alumnos tenían libertad para expresarse, hacer preguntas y dar rienda suelta a su curiosidad sin miedo. Era un entorno que fomentaba la confianza y el descubrimiento.
Cuando Didier continuó más tarde sus estudios en otro colegio público, se dio cuenta de que no todos los entornos de aprendizaje ofrecen la misma sensación de apoyo y estímulo. Al reflexionar sobre su trayectoria, afirma: “La École Fondamentale Saint Louis de Gonzague fue el primer paso en mi desarrollo intelectual. Más allá de la enseñanza habitual, los jesuitas garantizaban la calidad de nuestros estudios. Aquí desarrollé mi pasión por la tecnología. Hoy, me llena de alegría formar parte de la institución que me ha moldeado como persona.”
La historia de Didier no es única. Varios antiguos alumnos siguen muy vinculados al colegio y apoyan activamente su misión dirigiendo clubes como los de francés, inglés, suajili, medio ambiente e informática. Su compromiso continuo demuestra que han interiorizado el espíritu jesuita de servicio y están decididos a devolver a su comunidad lo que esta les ha dado.
Esta conexión permanente entre los antiguos alumnos y el colegio pone de relieve un modelo educativo sostenible y transformador. La École Fondamentale Saint Louis de Gonzague no solo facilita el acceso a la educación, sino que forma personas que crecen, regresan, e invierten en los demás.
De este modo, el colegio sigue dotando a los jóvenes de las habilidades, la confianza y los valores necesarios para construir un futuro mejor. Tal y como atestiguan antiguos alumnos como Didier, la educación jesuita no solo forma a estudiantes, sino a personas comprometidas con el servicio, lo que Pedro Arrupe describió como “hombres y mujeres para los demás”.














