Fiesta de San Ignacio de Loyola
Despedida al Papa Francisco
Por Robert Ballecer, SJ
El 31 de julio, fiesta de San Ignacio de Loyola, es siempre un día especial para los jesuitas y las obras de la Compañía en todo el mundo. El 31 de julio no es solo una celebración en honor de nuestro fundador: suele ser también ocasión para que los jesuitas se reúnan, den gracias, recuerden y renueven su compromiso de servir a la Iglesia bajo el carisma de San Ignacio de Loyola. Dicho esto, hay algo diferente en ESTA festividad... ESTE 31 de julio... ESTA oportunidad de dar gracias...
Es la primera fiesta de San Ignacio tras el fallecimiento del Papa Francisco.
El Papa Francisco significa algo especial para mí y para mi vocación, y no solo porque ha sido el primer papa jesuita, sino porque su liderazgo fue fundamental para llegar a ser la persona que soy. En 2013, trabajaba en temas de comunicación y de promoción vocacional para la Conferencia Jesuita de Estados Unidos, cuando el cardenal Jorge Bergoglio tomó el nombre de “Francisco”.
Estuve en Roma para su toma de posesión y dirigía el centro de catequesis de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos con vistas a la Jornada Mundial de la Juventud que se celebraría en Brasil el año 2013. Había tomado parte en las Jornadas Mundiales de la Juventud desde 1993 y había visto cómo el Papa Juan Pablo II y el Papa Benedicto XVI celebraban esos eventos.
Francisco era diferente.
Se movía entre la multitud en lugar de mantenerse protegido dentro de un papamóvil blindado. Hizo el Vía Crucis con los peregrinos. Animó a los obispos y cardenales allí reunidos a estar CON sus jóvenes, más bien que observarlos desde la distancia. Era mi primera experiencia de un líder de la Iglesia católica que “olía a oveja”, una frase que el Papa Francisco iba a utilizar una y otra vez para decirles a los sacerdotes y obispos cómo debían servir a sus rebaños.
Mi asombro aumentó cuando me destinaron a la Curia General de la Compañía de Jesús en Roma. Una cosa era ver al Papa y trabajar en nombre suyo, y otra muy distinta poder estrechar su mano, compartir el pan con él o sentarme en su sencillo apartamento de la Casa Santa Marta y reír juntos. Lo que se traslucía en cada encuentro era su humanidad, su humildad y su abrumador deseo de servir. Recuerdo que en marzo de 2022 el Papa Francisco se unió a nosotros en la iglesia del Gesù de Roma para el 400 aniversario de la canonización de San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier. Su homilía se centró en el don del discernimiento ignaciano, no solo para la Compañía de Jesús, sino para el mundo entero: “Que nuestro santo padre Ignacio nos ayude a conservar el discernimiento, ese precioso legado nuestro, como un tesoro siempre actual que es preciso derramar sobre la Iglesia y sobre el mundo. Porque el discernimiento nos permite ‘ver todas las cosas nuevas en Cristo’.”
Tres años más tarde recordaba yo, palabra por palabra, aquella homilía, sentado frente a la basílica de San Pedro y concelebrando la misa fúnebre del Papa Francisco. Tras días de luto, viendo una interminable fila de fieles, simpatizantes y curiosos que pasaban frente al ataúd del cuerpo sin vida del Papa Francisco, tuve que enfrentarme a la tristeza: se había ido, y me afectaba más de lo que hubiera imaginado.
Pero yo no era el único.
El día después de que el cardenal Robert Francis Prevost se convirtiera en el Papa León XIV, emprendí un viaje de trabajo de cuatro semanas por Europa, Sudamérica y Estados Unidos. En cada comunidad compartíamos historias sobre los sentimientos de pérdida de cada uno, al mismo tiempo que celebrábamos al nuevo papa. Recuerdo que un hermano jesuita me dijo: “Me sorprende, porque lo más cerca que he estado de Francisco fue verlo en la televisión, pero su muerte la he sentido cómo si hubiese perdido un amigo que me entendía”. Otro manifestaba haber restado importancia al hecho de que Francisco fuera jesuita, pero que mientras veía el funeral se había dado cuenta de lo conectado que se sentía. “Entregó al mundo cosas que amamos de San Ignacio y de la Compañía de Jesús. Y no lo hizo hablando a las personas, sino viviéndolas él mismo.”
El Papa León XIV es un digno sucesor de Pedro, y creo que guiará a la Iglesia con el mismo amor y sentido del servicio que apreciaba en Francisco. Sin embargo, mientras la Compañía de Jesús en todo el mundo recuerda la próxima celebración de nuestro fundador, mientras nos reunimos para dar gracias y discernir qué nos depara el futuro, yo rezo para que esta primera fiesta de san Ignacio tras el fallecimiento del primer papa jesuita constituya una celebración de agradecimiento por nuestro hermano Francisco.
El P. Robert Ballecer, SJ, es jesuita desde hace más de tres décadas. Sus misiones y su trabajo le han llevado hasta los confines de la Iglesia. Actualmente trabaja en la oficina de comunicaciones de la Curia General de la Compañía de Jesús en Roma.







