Sembrando raíces de resiliencia
Destacando el impacto del proyecto CCC en las comunidades del Asia-Pacífico
Por Louie Bacomo | Director de Clima y Desplazamiento Forzado del Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) del Asia-Pacífico
El proyecto Caring for Community and Creation (CCC – Cuidando la Comunidad y la Creación) fue puesto en marcha por la Conferencia Jesuita de Asia-Pacífico (JCAP) en 2022 para abordar la pobreza y la ecología, tal y como se establece en el plan apostólico de la JCAP. El proyecto tiene tres objetivos específicos, uno de los cuales es fortalecer las comunidades mediante soluciones basadas en la naturaleza que mejoren su resiliencia ante los efectos del cambio climático y la pobreza. Hay dos actividades principales en el marco de este objetivo: “Creators of Hope” (Creadores de Esperanza) y el CCC Pillar 3 (C3P3). Ambas apoyan la acción comunitaria que protege el medio ambiente y promueve la resiliencia.
“Creators of Hope” ha prestado apoyo a 12 jóvenes de cuatro países del Asia-Pacífico para llevar a cabo diez proyectos que promueven la investigación, las iniciativas de mitigación y adaptación al cambio climático y la conservación ecológica en sus comunidades. El proyecto C3P3 (2024-2026) tiene como objetivo plantar 50.000 árboles para diciembre de 2026. Hasta 2025, 21 comunidades de zonas de montaña, costeras e insulares habían plantado 41.394 árboles, entre especies autóctonas y frutales, bambú y manglares, en cinco países de la región. En estas iniciativas participaron universidades jesuitas, jóvenes y mujeres indígenas, comunidades costeras, así como comunidades desplazadas y de acogida. La elevada tasa de supervivencia (90%) demuestra un fuerte compromiso y una buena planificación.
La experiencia de cada participante aporta matices al esfuerzo colectivo. En Indonesia, la restauración de manglares iniciada por la LPUBTN-KAS (Institución de Apoyo a los Trabajadores Agrícolas y Pescadores) de la Arquidiócesis de Semarang se ha convertido en un puente entre la protección ecológica y la supervivencia de la comunidad. La inclusión de LPUBTN-KAS en iniciativas provinciales más amplias refleja cómo los esfuerzos de base pueden influir en estrategias políticas de mayor alcance. La creación de un Centro de Aprendizaje sobre Manglares marca una evolución: de la restauración a la educación, de la acción local al conocimiento compartido. La integración de espacios culturales, como la “casa de la cultura” donde se celebran las ceremonias de plantación, refuerza la idea de que el trabajo medioambiental es también una labor social y espiritual.
En Camboya, la plantación de manglares promovida por el Programa de Ecología de los jesuitas va más allá de la conservación y se adentra en la construcción de relaciones. La participación de los jóvenes, las visitas guiadas por la comunidad y las actividades de sensibilización sobre la biodiversidad transforman la plantación de árboles en una experiencia vivida de gestión medioambiental. La inclusión de la observación de delfines tras las actividades de plantación puede parecer simbólica, pero subraya una conexión poderosa: proteger los ecosistemas también significa proteger la vida que estos sustentan. Por otra parte, las patrullas regulares contra las prácticas ilegales demuestran que la resiliencia requiere tanto vigilancia como participación.
En Tailandia, el liderazgo de las mujeres indígenas añade otra dimensión al impacto del proyecto. Su decisión de plantar árboles alrededor de fuentes de agua vitales pone de relieve una comprensión matizada de los servicios ecosistémicos. La creación de un “Bosque de las Mujeres” es un acto tanto práctico como simbólico: asegura la tierra para su uso sostenible al tiempo que reafirma la propiedad y la gestión responsable. La elección de árboles medicinales y de los que se extraen tintes ilustra cómo la restauración ecológica puede alinearse con el fortalecimiento cultural y las necesidades de subsistencia.
Filipinas ofrece un ejemplo convincente de cómo las iniciativas medioambientales se entrecruzan con la educación y la gobernanza. Grupos de jóvenes indígenas de Bukidnon, a través del Apu Palamguwan Center (APC), la Cabanglasan Indigenous Youth Organisation (CIPYO – Organización de Jóvenes Indígenas de Cabanglasan) y el Ateneo de Zamboanga Centre for Environment and Sustainability (ACES – Centro para el Medio Ambiente y la Sostenibilidad del Ateneo de Zamboanga), han forjado alianzas con colegios para garantizar que el cultivo de árboles forme parte del aprendizaje cotidiano, inculcando así la responsabilidad medioambiental en la próxima generación. Los acuerdos para impedir la explotación comercial de los árboles plantados reflejan un compromiso con el valor ecológico a largo plazo frente al beneficio a corto plazo.
En otros lugares, en comunidades marcadas por el desplazamiento y el conflicto, el proyecto adquiere significados adicionales. En el sur de Filipinas, el cultivo de manglares se ha convertido en una vía de sanación y reconstrucción para las comunidades que han sufrido graves trastornos. Del mismo modo, en Myanmar, la plantación de árboles sirve como herramienta para fomentar la cooperación entre las poblaciones desplazadas internamente y las comunidades de acogida. En estos contextos, la restauración medioambiental es inseparable de la cohesión social. Plantar un árbol se convierte en un acto de reconstrucción de la confianza, la estabilidad y la esperanza.
La educación surge como un hilo conductor en todos los lugares. Ya sea a través de planes de estudios formales, formación comunitaria o aprendizaje experiencial, el intercambio de conocimientos refuerza la sostenibilidad de la iniciativa. En APC-Bendum, por ejemplo, la integración de la gestión de los recursos naturales en los programas escolares garantiza que la conservación no sea una actividad aislada, sino una práctica continua. La participación de los jóvenes en el seguimiento y la presentación de informes también fomenta la rendición de cuentas, lo que refuerza la idea de que la gestión responsable es una responsabilidad compartida. Al mismo tiempo, el proyecto pone de manifiesto la importancia de las alianzas. La colaboración entre grupos comunitarios, gobiernos locales, instituciones educativas e incluso el sector privado amplía el impacto. La regeneración natural asistida de las plántulas, el apoyo técnico y la armonización de las políticas contribuyen a crear un entorno propicio. Estas alianzas demuestran que la resiliencia no puede construirse de forma aislada; requiere redes de apoyo que se extiendan más allá de las comunidades individuales.
A pesar de estos logros, siguen existiendo retos. La marginación de las comunidades indígenas no se revierte fácilmente, y los avances medioambientales pueden resultar frágiles ante las presiones económicas y la inestabilidad política. Lo que quizá resulte más inspirador es el cambio de perspectiva que ha fomentado el proyecto. Las comunidades ya no se consideran meros beneficiarios, sino agentes del cambio. Sus conocimientos, tradiciones y prioridades son fundamentales para el proceso. Este cambio cuestiona los enfoques de desarrollo convencionales, sugiriendo que la resiliencia es más eficaz cuando está impulsada a nivel local y arraigada en la cultura. Lo que más destaca no es solo lo que se ha logrado, sino lo que se ha puesto en marcha. Las comunidades vulnerables e indígenas, a menudo relegadas al margen de la toma de decisiones y del desarrollo, no solo participan, sino que también están configurando activamente su futuro. El proyecto ha contribuido a reforzar su determinación de actuar, ofreciéndoles tanto vías prácticas como un renovado sentido de la capacidad de acción. Esta puede ser su contribución más duradera.
La historia de estos proyectos no se limita a plantar árboles: se trata de sembrar posibilidades en lugares donde la vulnerabilidad lleva mucho tiempo arraigada. A través de diversos paisajes y comunidades, la iniciativa ha contribuido de manera significativa al objetivo más amplio de reforzar la resiliencia frente a los impactos climáticos y la pobreza. Sin embargo, este logro debe entenderse en un horizonte más amplio. Las realidades que configuran estas comunidades –las condiciones sociopolíticas cambiantes, la incertidumbre económica y la marginación persistente– implican que la resiliencia no es un destino, sino un proceso continuo. En este sentido, el proyecto no se limita a la resiliencia en medio de la pobreza y la crisis ecológica; se trata de replantearse cómo se construye resiliencia. No es un estado fijo, sino una interacción dinámica entre el clima, la cultura y la comunidad. Y cada plantón plantado nos recuerda que, incluso en las condiciones más difíciles, el crecimiento es posible.
[Publicado originalmente en jcapsj.org]







