“Estar presente es ya un ministerio”: en Pakistán la Compañía prefiere un testimonio silencioso

Por Hno. Peter Long y Roma Shamshad

Después de tres años de funcionar ad experimentum en el seno de la Conferencia Jesuita del Asia-Pacífico (JCAP), la Misión de la Compañía en Pakistán se detiene a reflexionar sobre lo que significa vivir y servir en esta tierra. No han sido años fáciles. Pakistán se describe a menudo como un lugar “arduo”, tanto social como cultural e incluso espiritualmente. Sin embargo, es precisamente aquí donde la misión ha aprendido a superar los límites conocidos, a vivir entre la cautela y la iniciativa, y a comprometerse con una realidad que es a la vez exigente y llena de bendiciones.

En medio de estas realidades tan duras, ha surgido siempre una pregunta clave: ¿cómo seguir avanzando a partir de ahora?

Mirando hacia atrás, la historia de la Misión de la Compañía en Pakistán ofrece una respuesta. Nuestra historia parece un camino construido con paciencia, en el que ha ido colocando sus piedras una tras otra. Cada generación ha aportado algo: a menudo pequeño, a veces frágil, pero siempre indispensable. Estas “piedras” han formado un camino que avanza, que conduce a quienes lo siguen hacia una misión donde Dios está ya presente y actúa.

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La Escritura nos lo recuerda: “Hay un tiempo para cada cosa” (Ecl 3, 1). La misión en Pakistán se ha desarrollado con este espíritu: paso a paso. Esperando con paciencia y valentía, realizando en cada momento lo que el Señor pide que se realice.

La primera piedra ha sido la obediencia. A finales del siglo XVI (1581) llegaron los jesuitas a la corte real, por invitación del emperador mogol Akbar, trayendo consigo ideas muy nuevas para esta tierra. Eran dialogantes en su modo de relacionarse, compartían conocimientos y exponían la fe cristiana. En 1595, construyeron la primera capilla en Lahore. Su misión no era solo religiosa, sino también intelectual, en profundo contacto con los eruditos de la época. Aunque finalmente tuvieron que marcharse por razones políticas, su presencia marcó el comienzo de un largo y accidentado viaje que habría de dar fruto en los siglos siguientes.

Más tarde, la misión adoptó nuevo rumbo. Hacia 1860, los jesuitas se habían trasladado al sur, donde servían como capellanes de los soldados y trabajadores británicos. Junto con otras congregaciones, fundaron comunidades en Sindh y Baluchistán. Abrieron parroquias, escuelas y otras instituciones, como St. Patrick’s High School de Karachi (1861). La educación se convirtió en el eje central de su labor, fortaleciendo así la comunidad católica al tiempo que respondían a unas necesidades sociales muy reales. Hicieron frente, mediante la catequesis y la promoción de estilos de vida más saludables, a algunos problemas del día a día, como eran el alcoholismo y el juego entre los soldados, la corrupción, el relajamiento moral y el sincretismo. Cuando en 1935 la Compañía se retiró de Sindh y Baluchistán, para regresar a Bombay y Ahmedabad, dejaba tras de sí esa piedra angular que es la capacidad creativa, que nunca dejó de sostener a una Iglesia que nacía.

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La siguiente piedra fue la valentía. En la década de 1960, bajo los auspicios de la Provincia del Sur de Alemania, regresaron a Lahore, para reavivar la misión, tres jesuitas. No empezaban de cero: construían sobre lo ya asentado. Una expresión significativa de esto fue cómo se comprometieron, especialmente el P. Butler, SJ, con el diálogo interreligioso. Tendían puentes en lugar de levantar muros fundando bibliotecas abiertas a personas de todas las confesiones. Esto no borraba las diferencias, pero fomentaba un entendimiento humano más hondo.

Y junto a la valentía hizo acto de presencia la creatividad. Los jesuitas, al llegar a las comunidades de las afueras de Lahore, que carecían de escuelas, decidieron seguir adelante a pesar de la falta de infraestructuras. Reunían a los niños bajo un árbol y comenzaban a enseñar y a inculcar la importancia de la educación. Y así fue como comenzó a practicar la Compañía la educación en Pakistán: sin estructuras ni estatus, sostenida únicamente por la voluntad de estar presentes y de servir. Con tal sencillez echó raíces y creció la paciencia.

De ahí surgió otra piedra: la fidelidad. Con el tiempo, diferentes Provincias de la Compañía apoyaron la misión. En la década de 1980 fue la Provincia de Australia, a la que siguió la Provincia de Sri Lanka, la que continuó la labor, especialmente en el ámbito de la educación y el diálogo interreligioso. Más recientemente, en abril de 2023, la JCAP ha asumido la responsabilidad de la misión. Y cada transición ha supuesto problemas, pero también continuidad. A pesar de los muchos cambios el compromiso de trabajar en Pakistán se ha mantenido firme.

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A lo largo de todas estas fases resonaba una pregunta: ¿qué mantiene todo esto unido?

La respuesta es sencilla, pero desafiante: una presencia que se mantiene.

La Misión de la Compañía en Pakistán ha aprendido que lo que más importa no es lo que hacemos, sino que permanecemos. Presencia significa vivir entre la gente, compartir sus luchas y construir un entramado de relaciones a lo largo del tiempo. Significa tender una mano y caminar juntos. Esto no es algo rápido ni dramático, pero expresa fidelidad.

Como dice la Escritura: “Dios lo ha hecho todo hermoso para el momento apropiado” (Ecl 3, 11).

Estos tres últimos años han puesto de manifiesto que la misión no consiste en un éxito rápido ni en resultados visibles. Se trata de venir, quedarse y continuar la obra inacabada. En este lugar crecer no significa avanzar o ascender; consiste también en profundizar: en la realidad que vive la población, en la historia de esta tierra y en las formas silenciosas como Dios está presente en ella.

Al final, la misión se basa en una sencilla confianza: “Lo que Dios hace durará para siempre” (Ecl 3, 14).

La Misión de la Compañía en Pakistán sigue escuchando, respondiendo y estando presente – paso a paso, piedra a piedra.

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Publicado por Communications Office - Editor in Curia Generalizia
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