El proyecto jesuita PERCH para los demás
El ministerio con los refugiados y solicitantes de asilo en Malasia
Solo siendo un hombre o una mujer para los demás se llega a ser plenamente humano
Con esa sencilla frase, el P. Pedro Arrupe, SJ, marcó la pauta de cómo las futuras generaciones de jesuitas, y quienes valoran la espiritualidad ignaciana, conciben una vida de servicio. Convencido de que no basta con limitarse a realizar buenas obras, el P. Arrupe instó a las personas de buena voluntad a ejercer su ministerio en relación con los demás. Esto transforma nuestra labor de “caridad” en “solidaridad”: de una buena obra a un ministerio que protege y valora la dignidad de todos, especialmente de los más vulnerables entre nosotros.
Más de 50 años después, el Padre General Arturo Sosa, SJ, ha sido testigo del ministerio del PERCH (Professional Education for Refugees and Communities at Hope – Programa de Educación Profesional para Refugiados y Comunidades que Esperan), fruto de la labor impulsada por su predecesor. Creada por los jesuitas de Malasia y Singapur, la Blessed Peter Favre, SJ Refugee Convalescence Home (Casa de Convalecencia para Refugiados Beato Pedro Favre, SJ) ofrece atención médica a refugiados y solicitantes de asilo en Malasia. Fundado en la localidad minera de Batu Arang, adonde los inmigrantes llegaron por primera vez a principios del siglo XX para trabajar en las minas y las plantaciones, el PERCH es un lugar de recuperación y descanso para los desplazados de Myanmar, Tailandia, Pakistán, Afganistán, Sri Lanka, China, Vietnam y muchos otros países, la mayoría de los cuales carecen de estatus legal y tienen opciones limitadas de atención médica. El PERCH se ha convertido en una expresión práctica de la espiritualidad ignaciana al acompañar a los más vulnerables en los márgenes más extremos de la sociedad.
El PERCH está abierto a hombres, mujeres, y niños y niñas, con una capacidad máxima de 40 residentes. Lamentablemente, la falta de habitaciones privadas implica que el PERCH no puede acoger a familias. Los residentes son derivados desde clínicas locales, agencias colaboradoras, o la ONU. Desde fracturas e infecciones hasta lepra, cáncer e infartos, el PERCH acoge a tantos pacientes como puede tratar en sus instalaciones. Quienes se arriesgan a acudir a los servicios de urgencias de Malasia descubren que la atención se limita a tratar los síntomas, dejando a menudo sin diagnosticar la causa subyacente, ya que se les da de alta tan pronto como es legalmente posible.
El Padre General recorrió las instalaciones para hombres y se reunió con cada residente con una sonrisa, un apretón de manos y una oración. Conoció a personas como Hein Soe, un hombre de 72 años de Myanmar que padece un presunto cáncer de próstata y lleva más de 10 meses residiendo en el PERCH a la espera de poder someterse a una prueba que determinará el rumbo de su vida. O a Rohimullah, un hombre de 52 años que fue abandonado por sus hijos tras sufrir un ictus. Sabe que no tuvieron otra opción, pero ahora pasa la mayor parte del día sentado en su cama, sumido en una profunda tristeza. O Jolil, un joven rohingya que vivió con la enfermedad de Crohn sin diagnosticar durante tanto tiempo que su afección se ha convertido ahora en una discapacidad permanente e incapacitante. De cama en cama, el P. General, acompañado por el personal médico y un intérprete, escuchó sus historias y ellos le expresaron su agradecimiento: agradecidos por saber que alguien ajeno al PERCH los veía como personas, y no solo como refugiados.
Tras reunirse con los residentes y recorrer las instalaciones, donde se encuentran los equipos de rehabilitación física –rudimentarios, pero funcionales–, el Padre General escuchó los testimonios de los voluntarios, los colaboradores y el personal médico que conforman la plantilla. A veces conteniendo las lágrimas al describir su experiencia de más de dos décadas trabajando con los residentes, le contaron al Padre General las dificultades a las que se enfrentan los refugiados a diario.
Una de ellas explicó sus roces con el “odio popular”: el miedo y el rechazo hacia los inmigrantes, basados en mentiras y en un pseudo-patriotismo que a menudo se convierte en violencia física. Otra explicó cómo muchos de los residentes no entendían que heridas sencillas podrían haberse tratado fácilmente, lo que significa que, para cuando llegan al PERCH, no es raro que una enfermedad rutinaria se haya convertido en una amenaza para la vida. Las infecciones simples acaban en amputaciones. Los huesos rotos se gangrenan y se infectan. Otra persona más describió cómo las familias refugiadas son objeto de ataques por parte de quienes incitan a otros a perturbar el funcionamiento de los colegios que acogen a niños inmigrantes. Cada persona tenía una historia que solía terminar con una expresión de angustia: la sensación de que el mundo se ha olvidado, o ha optado por ignorar, a quienes más necesitan la ayuda de personas de buena voluntad.
La visita del Padre General al PERCH también pone de relieve un hecho desagradable sobre este tipo de programas en todo el mundo. Tras la drástica suspensión de los programas de ayuda exterior en 2025, proyectos como el PERCH están teniendo dificultades para continuar con sus esfuerzos humanitarios. El Servicio Jesuita a Refugiados (JRS), la organización internacional de ayuda humanitaria dirigida por la Compañía de Jesús, informó que la interrupción repentina de la financiación humanitaria respaldada por EE. UU. paralizó proyectos que atendían a más de 100.000 refugiados en varios países, especialmente en materia de educación, atención psicosocial y ayuda de emergencia, al tiempo que obligó a la organización a buscar financiación de emergencia. Aunque la estructura financiera del PERCH difiere de la de los programas del JRS, el recorte de fondos en todo el mundo ha provocado el cierre de cientos de programas de ayuda humanitaria que atienden a los más vulnerables. Un desafío insuperable para quienes ya viven en una situación de gran desventaja.
A pesar de estos retos, el PERCH sigue encarnando la convicción jesuita de que toda persona merece dignidad y respeto. Arraigado en los valores ignacianos, respaldado por un personal dedicado, y sostenido por voluntarios y benefactores, el PERCH encarna el ideal de ser hombres y mujeres para los demás.







