Arturo Sosa, SJ

Papa Francisco: in memoriam

Sentir con la Iglesia: el Papa Francisco y la vocación jesuita

Arturo Sosa, SJ | Superior General de la Compañía de Jesús

A un año de la muerte de Francisco la Iglesia sigue sintiendo el impacto de su ministerio. Desde el corazón agradecido por la entrega y ministerio de Jorge Mario Bergoglio, SJ, Papa Francisco queremos hacer memoria y ponerle nombre a lo que nos dejó como Pueblo de Dios reunido en la Iglesia y específicamente a quienes formamos parte de la Compañía de Jesús junto a quienes comparten sus compromisos apostólicos en todo el mundo.

La gratitud nos lleva a reconocer su ministerio como un regalo gratuito. Al reconocer sinceramente el don que ha significado Francisco para la Iglesia y el mundo es importante alertar sobre la tentación de apropiarnos de su figura usando la categoría del Papa Jesuita como clave interpretativa de su pontificado. Ceder a esta tentación lleva a una simplificación de la figura de Francisco y de la vocación jesuita.

Antes de la elección de Jorge Mario Bergoglio, la idea de un Papa Jesuita era considerada improbable. En efecto, un rasgo distintivo de la Compañía de Jesús, incorporado por Ignacio de Loyola y los primeros compañeros, es considerarse como un cuerpo al servicio de la Iglesia desde posiciones diferentes a cargos jerárquicos o puestos honoríficos. A sus miembros se le previene contra la ambición de ocuparlos y de toda forma de buscar la promoción personal. En otras palabras, la vocación jesuita requiere la libertad interior como condición a la completa disponibilidad al servicio de la misión del Señor en aquello que la Iglesia, a través del Sumo Pontífice, considere. Forma parte de la identidad jesuita el sentire cum Ecclesia, pensar y sentir con todo el Cuerpo de Cristo y hacer la voluntad de Dios recibiendo la misión a través del Sumo Pontífice.

Al incorporarse definitivamente a la Compañía de Jesús, el jesuita promete no pretender ni procurar, directa o indirectamente, ningún cargo o dignidad, dentro o fuera de la Compañía, incluyendo expresamente el episcopado, a no ser que lo exija el Santo Padre por necesidades específicas de la misión de la Iglesia. En ese sentido, a lo largo de la historia, por voluntad de los Sumos Pontífices, han existido obispos jesuitas, con la tensión que ello implica. Todavía hoy los hay. Por tanto, desde la vocación jesuita, la posibilidad de acceder al papado luce fuera de consideración.

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© Jesuit.media

Jorge Mario Bergoglio, siguiendo su vocación jesuita, fue una persona formada en los Ejercicios Espirituales y consecuente a lo largo de su vida con el modo de proceder que se desprende de ellos para la vida en la Compañía de Jesús. Vivió a fondo lo que el carisma de Ignacio plasmó en las Constituciones de la Compañía de Jesús, a saber, que la vocación del jesuita está siempre ordenada al servicio de la misión de Jesucristo encomendada a la Iglesia. Se puede afirmar que entendió su llamada al episcopado en Buenos Aires (Argentina) y luego su elección como Obispo de Roma como consecuencia de su vocación jesuita y, en ningún caso, como promoción personal o privilegio para la Compañía de Jesús.

Así lo experimenté en mi relación personal como Superior General de la Compañía de Jesús con el Papa Francisco. Por una parte, el compartir la experiencia del carisma de la Compañía, la vocación jesuita, facilitó la sintonía entre dos personas que nos sentíamos profundamente hermanados. Por la otra, siempre nos encontramos como el Santo Padre, responsable de la misión encomendada a la Iglesia y el Superior General de una Compañía de Jesús deseosa de ponerse a su servicio.

Así se demostró en su fraternal comparecencia en la 36ª Congregación General. El Papa Francisco se dirigió a la Congregación en sintonía con la tradición de los Sumos Pontífices. “Como os han dicho en varias ocasiones mis antecesores”, recordó, “la Iglesia os necesita, cuenta con vosotros y sigue confiando en vosotros, de modo especial para llegar a los lugares físicos y espirituales a los que otros no llegan o les resulta difícil hacerlo”. En ese contexto, evocó las palabras de Pablo VI, pronunciadas más de cuarenta años antes, que describían la vocación jesuita en “en los cruces de las ideologías” y en “las trincheras sociales”, allí donde las exigencias de la vida humana se enfrentan con el mensaje permanente del Evangelio (Pablo VI, Discurso a la 32ª Congregación General, 3 de diciembre de 1974).

Al dirigirse a la Compañía, Francisco se situó de manera constante en lo que Ignacio consideraba esencial: la atención orante a la acción del Espíritu, sin la cual los apostolados acaban movidos por la urgencia, la inquietud o la autoafirmación, más que por la obediencia a las señales del Espíritu o las indicaciones de la Iglesia a través del Santo Padre.

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El papa Francisco en la 36ª Congregación General. © Jesuit.media

Cuando en 2019 Francisco confirmó las Preferencias Apostólicas Universales 2019-2029 (PAU) –las cuatro orientaciones para llevar adelante el envío a una misión de reconciliación y justicia de la Compañía de Jesús–, señaló los fundamentos de la vocación jesuita. Francisco subrayó la primera PAU, –mostrar el camino hacia Dios mediante los Ejercicios Espirituales y el discernimiento–, constituye el fundamento de todas las demás. Esta preferencia, dice su carta del 6 de febrero de 2019, “supone como condición de base el trato del jesuita con el Señor, la vida personal y comunitaria de oración y discernimiento”. Sin ese fundamento, las otras tres –orientadas hacia caminar con los excluidos, acompañar a los jóvenes y contribuir al cuidado de la casa común–, lo dijo sin rodeos, “lo otro no funciona”.

Además, Francisco no idealizó a la Compañía de Jesús. En la 36ª Congregación General advirtió contra lo que llamó “todas las parálisis y [...] tantas veleidades” –tentaciones que acompañan a cualquier cuerpo apostólico, incluido el nuestro, y de las que no estamos exentos– y cerró su discurso con una oración para que el modo de proceder de la Compañía permaneciera “libre de toda ambición mundana” (Discurso a la 36ª Congregación General, 24 de octubre de 2016).

En conversaciones posteriores con jesuitas, incluida la extensa conversación durante la Jornada Mundial de la Juventud en Lisboa, insistió en esa advertencia. Habló del peligro de la rigidez, de la auto referencialidad y del sesgo ideológico, actitudes que buscan seguridad más que discernimiento y que pueden hacerse presentes incluso en quienes están sinceramente convencidos de su propia fidelidad. Las nombró no como amenazas externas, sino como tentaciones interiores que corroen desde dentro la libertad apostólica. Habló así no como un observador externo, sino como alguien que conocía estas dinámicas por experiencia, como quien había aprendido, lenta y dolorosamente a reconocerlas, sin hacerse ilusiones (cf. Francisco, conversación con jesuitas en Portugal durante la Jornada Mundial de la Juventud 2023, publicada en La Civiltà Cattolica).

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© Jesuit.media

La Iglesia vive permanentemente fuertes tensiones ligadas a cuestiones de autoridad y de confianza. La ambición personal o la búsqueda de privilegios (“vanos honores” decía Ignacio) se hacen presentes en ella de formas más descaradas o más sutiles. Francisco no ofreció una solución programática a estas tensiones. Pero sí hizo visibles las maneras en que nuestros propios hábitos de ausencia de conciencia personal, de dejarse llevar por los privilegios de la posición que se ocupa, de autoprotección, pueden socavar silenciosamente aquello que profesamos al seguir la vocación a la que hemos sido llamados. La manera de vivir la vocación jesuita de Francisco no estuvo marcada por la preocupación por el prestigio o la influencia de la Compañía, sino por un patrón distinto: elegir lo que sirve a la misión antes que lo que asegura la institución; permanecer cerca de quienes están en los márgenes; resistir la atracción del prestigio, incluso dentro de la Iglesia.

Al aceptar el episcopado que lo llevó a ser Obispo de Roma, Jorge Mario Bergoglio no cedió a la tentación de la ambición que tanto temía Ignacio. Por el contrario, consecuente con el carisma que fundó su vocación jesuita, se hizo disponible para recibir como misión lo que no había buscado, para cargar con una responsabilidad que no había escogido y hacerlo poniendo los medios para evitar que el cargo se convierta en una forma de prestigio personal.

La entrega de la propia libertad por el bien de la Iglesia es lo que vivió Francisco siguiendo su vocación jesuita.Es lo que nos deja como responsabilidad de seguir siendo fieles al carisma que inspira la vocación a la que hemos sido llamados en esta mínimaCompañía de Jesús.

[Original en español]

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© Jesuit.media

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