Fronteras, puentes y pertenencia: una fe moldeada por el Papa Francisco

Introducción de Carla Bellone | Asistente del Secretario para el Servicio de la Fe

Cuando, en marzo de 2013, un jesuita apareció en el balcón de la basílica de San Pedro, Clara Sayans no podía imaginar hasta qué punto su pontificado transformaría su fe y la obra de su vida. En esta reflexión profundamente personal, ella traza su recorrido desde una habitación universitaria común en Madrid hasta la primera línea de la ayuda a los refugiados en Estados Unidos. Basándose en la enseñanza y el testimonio del Papa Francisco –desde Lampedusa hasta Fratelli tutti–, explora cómo la llamada de la Iglesia a las periferias se ha convertido no en un ideal abstracto, sino en una vocación vivida. Un testimonio del poder del encuentro y de un Evangelio que solo cobra vida cuando se vive en las fracturas más profundas del mundo.

Por Clara Sayans | Responsable de divulgación del Servicio Jesuita a Refugiados/EE. UU.

El día en que el Papa Francisco fue elegido, yo estudiaba en el Centro Arrupe de Madrid, un centro pastoral universitario gestionado por la Compañía de Jesús. Era un espacio donde estudiábamos, nos reuníamos, rezábamos y forjábamos amistades; era como un segundo hogar. Aquella tarde, la televisión estaba encendida. Vimos en directo cómo un nuevo Papa aparecía en el balcón de San Pedro y, de repente, nos dimos cuenta de que un jesuita había sido elegido obispo de Roma.

En aquel momento, no podía imaginar hasta qué punto ese instante marcaría mi fe, mi vocación, y mi forma de entender la Iglesia.

En mi historia personal con Dios y con la Iglesia, la Doctrina Social Católica nunca había ocupado un lugar central. Había crecido escuchando hablar de la importancia del diálogo entre fe y justicia, de ser contemplativos en la acción, de ser hombres y mujeres para los demás, de amar y servir en todas las cosas. Estaba rodeada de promotores del pensamiento social católico. Y, sin embargo, de alguna manera, nunca había habido espacio –ni en mi educación en la fe ni en mi imaginación espiritual– para que la Doctrina Social Católica se convirtiera verdaderamente en mía. No podía conciliar mi anhelo de justicia con la Iglesia institucional, que yo experimentaba como un mastodonte de movimientos lentos, alejado de la transformación social.

Todo cambió con el Papa Francisco.

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© Jesuit.Media, foto de Iwan Jayadi.

De repente, algo que nunca había encajado del todo empezó a encajar. El lenguaje, los gestos y las enseñanzas de Francisco me permitieron redescubrir una Iglesia en la que mi forma de ver el mundo tenía un hogar y un marco. Empecé a darme cuenta de que las propias palabras, enseñanzas y tradición de la Iglesia podían utilizarse –no para suavizar las exigencias– sino para defender los compromisos más audaces con la justicia, la dignidad y los derechos de mis hermanos y hermanas. Esta toma de conciencia amplió mi mirada y me liberó. Me permitió amar a la Iglesia sin dividir mi conciencia.

El Papa Francisco no solo guió a la Iglesia a través de textos que perdurarán; los encarnó mediante acciones concretas. Recuerdo vívidamente su primer viaje pastoral a Lampedusa. En toda Europa, observábamos con el corazón encogido cómo la tragedia de la migración seguía recibiendo respuestas politizadas e insensibles. Su presencia allí fue una elección inequívoca: confrontar la indiferencia con el encuentro. Al situarse en esa orilla, Francisco obligó al mundo a mirar la vulnerabilidad, negándose a permitir que el sufrimiento se volviera invisible o se normalizara.

Desde el comienzo de su pontificado, Evangelii Gaudium nos llamó a una cultura del encuentro y a convertirnos en una “Iglesia en salida”, una Iglesia que sale al encuentro. Su lenguaje era sencillo, sus gestos directos, y su insistencia inquebrantable: el Evangelio exige cercanía a las periferias.

Volvió a esta visión con fuerza en Fratelli tutti (FT), recordándonos que “las historias de los migrantes también son historias de encuentro entre personas y entre culturas” (FT, 133) y que los migrantes, cuando son acogidos y acompañados, se convierten en “una bendición, una riqueza y un nuevo don que invita a una sociedad a crecer” (FT, 135). La migración, en la visión de Francisco, no es solo un desafío social; es un lugar teológico donde se revela la humanidad.

En sus últimos años, Francisco destacó que las personas deben ser libres de elegir si migrar o quedarse. Esta convicción reunió muchas vertientes de su enseñanza: el cuidado de nuestra casa común, la resistencia a las economías extractivas y excluyentes, y la responsabilidad del Norte Global por los sistemas que fuerzan el desplazamiento. El cambio climático, la injusticia económica y el consumo desenfrenado siguen desarraigando comunidades, al tiempo que presentan la migración como algo voluntario. Francisco defendió, con claridad y valentía, una visión intersectorial de la migración y nos recordó nuestra responsabilidad local ante el cambio global.

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A través de mi trabajo, he llegado a creer profundamente en esta verdad. Veo mi vocación como la apertura de caminos de encuentro: acercar las realidades vividas por los migrantes a quienes a menudo estamos aislados del sufrimiento, sacudir narrativas endurecidas, y crear espacios donde los corazones y las mentes puedan ablandarse. Esto se siente especialmente urgente en un momento histórico marcado por el miedo, la polarización y el agotamiento.

Esta sensación de encuentro se hizo tangible para mí durante un tiempo de discernimiento, cuando viajé a Perú para trabajar con Fe y Alegría, una iniciativa de la Compañía que lleva la educación a comunidades a menudo olvidadas. Vivir y trabajar en zonas rurales me ayudó a comprender, de manera muy concreta, cómo la presencia, la paciencia, y el aprendizaje compartido pueden convertirse en fuentes de fuerza y esperanza.

A partir de esa experiencia, mi camino comenzó a tomar forma a través del acompañamiento: caminar junto a los demás, prestar atención a la realidad y permitir que las relaciones transformen a ambas partes. Desde entonces he pasado por muchos espacios y contextos, pero lo que se ha mantenido constante es la convicción de que el cambio real comienza cuando las personas se encuentran como iguales, como hijos de Dios.

Hoy, en mi trabajo en el Servicio Jesuita a Refugiados, no estoy acompañando en primer lugar a los migrantes y refugiados en sí, sino más bien a las comunidades que los rodean. Trabajo para crear espacios donde las personas puedan conocer las realidades de la migración y del desplazamiento forzado, reflexionar críticamente sobre sus causas profundas, y emprender acciones concretas. Mi papel es tender puentes: entre los refugiados y migrantes y las sociedades que a menudo permanecen alejadas de sus historias.

A través de la educación, el diálogo y el compromiso colectivo, soy testigo de cómo cambian las perspectivas cuando se invita a las personas al encuentro. Estos procesos desafían la indiferencia, desestabilizan el miedo, y abren caminos hacia la responsabilidad y la solidaridad. Acompañar a las comunidades de esta manera ha transformado mi forma de entender la fe, la justicia y el compromiso. Me recuerda que la transformación no comienza con respuestas, sino con la voluntad de ver, escuchar y responder.

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Mirando atrás, comprendo con mayor claridad por qué aquella tarde en el Centro Arrupe marcó un punto de inflexión. La elección del Papa Francisco no me dio nuevas convicciones; me dio un lenguaje, un horizonte y una Iglesia capaz de acoger lo que yo ya llevaba dentro. A través de su pontificado, la Doctrina Social Católica dejó de ser abstracta o distante y se convirtió en algo vivo: una lente a través de la cual podía leer el mundo y mi responsabilidad en él.

Francisco me ayudó a reconocer que el Evangelio no se vive al margen de la realidad, sino en sus fracturas más profundas. Él mostró que la migración, el desplazamiento y la exclusión no son cuestiones secundarias, sino lugares privilegiados de encuentro donde la fe se hace concreta. A través de sus enseñanzas y gestos, llegué a confiar en que trabajar por la justicia, tender puentes y desafiar la indiferencia no eran complementos de la vida cristiana, sino expresiones de la misma.

Hoy, cuando involucro a las comunidades en la reflexión, el aprendizaje y la acción en torno al desplazamiento forzado, lo hago moldeada por esta visión. Francisco cambió mi comprensión de la Iglesia: no como una institución distante, sino como un pueblo capaz de cuestionar, de convertirse y de acoger. Su legado sigue acompañándome, invitándome a permanecer atenta a las periferias y fiel a un Evangelio que sólo cobra vida cuando se vive en el encuentro.

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Publicado por Communications Office - Editor in Curia Generalizia
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El Servicio de Comunicaciones de la Curia General publica noticias de interés internacional sobre el Padre General, sobre el gobierno central de la Compañía de Jesús y sobre los compromisos de los jesuitas y colaboradores en la misión. También se encarga de las relaciones públicas y con los medios de comunicación.

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