“No he llegado a conocer al Papa Francisco tan bien como otros. Desde luego, no tan bien como algunos amigos comunes que lo trataban desde su época de arzobispo en Buenos Aires. Tampoco lo conocí tan bien como los cardenales, los obispos, sacerdotes...”
Federico Lombardi, SJ
Encuentros con el Papa Francisco
Federico Lombardi, SJMi primer encuentro con el futuro Papa Francisco tuvo lugar hace muchos años, en 1983, con motivo de la 33ª Congregación General, convocada por el P. Paolo Dezza –entonces delegado del Papa Juan Pablo II– para aceptar la renuncia del P. Pedro Arrupe y elegir a su sucesor. Fueron días intensos, un momento crucial en la historia reciente de la Compañía; días también muy emotivos, sobre todo la “despedida” del P. Arrupe.
El P. Jorge Mario Bergoglio era un representante elegido por la Provincia de Argentina, muy unido al P. Arrupe, a quien tenía en gran estima, que años antes lo había nombrado Provincial y lo había acompañado en una visita muy significativa a la Provincia y al obispo Enrique Angelelli, posteriormente beatificado como mártir por la fe y la justicia.
En aquella Congregación, el más joven era el actual Superior General, P. Arturo Sosa, y entre los “jóvenes” también estaba yo. Éramos más de 200 y no tuve ningún contacto especial con Bergoglio, pero aquellos días volvieron a cobrar vida en mi memoria la primera vez que el Papa Francisco vino al Gesùde Roma, el 31 de julio de 2013, con motivo de la festividad de San Ignacio, y, para nuestra sorpresa, manifestó gran deseo de detenerse en la capilla donde está enterrado el P. Arrupe.
El Superior General, P. Adolfo Nicolás, informaba después a la Compañía: “El Santo Padre rezó, depositó un ramo de flores y acarició dos veces la lápida y la efigie. Fue un momento intenso de profunda oración y gratitud, en que se palpaba el deseo de no marcharse”. Y cada vez que regresó al Gesù, Francisco quiso visitar a Arrupe. No es casualidad que durante su pontificado se haya abierto oficialmente la causa de beatificación.
Lo había visto de pasada en los pasillos mientras se celebraban las Congregaciones de cardenales en preparación al cónclave que luego lo eligió. Por motivos de servicio, estaba autorizado a seguirlas sin llamar la atención. Dado que hacía muchos años que no nos veíamos, él mismo se presentó muy amablemente: “Buenos días, padre, soy el cardenal Bergoglio...”
Después escuché su famosa y brevísima intervención en la asamblea, sobre la Iglesia “en salida” y contra la “autorreferencialidad”, y luego me quedé de piedra cuando se anunció su elección. Para mí era imposible imaginarme a un jesuita como Papa. Tardé varios minutos en recuperarme, pero tuve que hacerlo porque los periodistas comentaban emocionados en la Sala de Prensa de la Santa Sede contigua a mi despacho, y no podía quedarme más tiempo paralizado en mi silla.
A la mañana siguiente, muy temprano, estábamos en la basílica de Santa María la Mayor, desierta, ante la Virgen Salus Populi Romani, en la primera de las más de cien ocasiones en las que Francisco depositaría allí su ramo de flores y donde elegiría ser enterrado. Como de costumbre, yo intentaba pasar desapercibido, pero el grupito era demasiado pequeño y él me localizó fácilmente. Por supuesto, no puedo olvidar aquel saludo cordial y amable ante la Virgen.
Así comenzó la aventura de los tres años a su servicio en la Sala de Prensa de la Santa Sede. No había tiempo para aburrirse, sobre todo al principio. Era un hombre libre y quería, con razón, ser un Papa “libre” en sus relaciones y en su forma de comunicarse, incluso por teléfono.
Una mañana me encontró en la entrada, esperándolo mientras bajaba de su habitación en Santa Marta para pedirle información sobre lo que había dicho a un grupo con el que se había reunido el día anterior, y que estaba difundiendo con entusiasmo noticias sobre la hermosa conversación que habían mantenido con el Papa acerca de muchos temas, entre ellos el lobby gay en el Vaticano...
Pocos días después me vio entrar apresuradamente, sin aliento, en su biblioteca privada, donde estaba bebiendo un vaso de agua tras la salida de un presidente y a punto de recibir a un arzobispo. Exclamó preocupado: “¿Qué he hecho?”. Le expliqué que se estaba difundiendo a gran velocidad la noticia de que esa mañana había mantenido una conversación telefónica con el Presidente Assad. Estábamos en plena crisis siria. Se quedó de piedra: “¿Yo?... ¿Assad?...” Le pedí disculpas, le di las gracias y salí corriendo (corriendo de verdad) para desmentirlo. Solo habían bastado dos o tres minutos. Con él se podía hacer así. Entendía enseguida las situaciones y no se dejaba llevar por las apariencias.
Pero sus ideas eran muy claras acerca de los mensajes que quería transmitir desde el inicio de su pontificado. La primera mañana en que se iba a reunir, para la presentación de credenciales, con un grupo de embajadores no residentes en Roma, me llamó muy temprano para recomendarme que diera la adecuada repercusión al breve discurso que les iba a dirigir, insistiendo en el tema de la acogida a los migrantes y de la justicia. En el famoso viaje a Lampedusa, mientras dábamos la vuelta a la isla en un barco para arrojar al mar la corona de flores en memoria de las víctimas, me llamó a su lado para hablarme del significado de aquel viaje y de su deseo de que se entendiera bien.
Un tipo de encuentros que recuerdo a menudo y con mucho gusto es el que seguía –siempre brevísimo– a cada audiencia con algún político importante (presidente o primer ministro...), con vistas al comunicado o a la información que se debía dar posteriormente. Dado que, con su predecesor, Benedicto XVI, se producía un encuentro similar, no era difícil advertir la diferencia.
Benedicto me hacía sentar a su lado y, en tres o cuatro minutos, hacía un resumen muy ordenado y claro del contenido de la conversación: primera, segunda, tercera... pregunta... respuesta... yo tomaba algunas notas, le daba las gracias y me iba. Francisco, en cambio, de pie y como charlando, me decía: “Sabes, este hombre es muy honesto, se preocupa por los migrantes, ama a su familia, con él se podrá dialogar...” o bien: “No me parece muy fiable...” y así sucesivamente. En resumen: Benedicto, los contenidos; Francisco, centrado en la persona, para iniciar un camino, para buscar un encuentro.
Cuando le dije, creo que más de una vez, que, naturalmente, yo estaba totalmente dispuesto a ser sustituido en el momento que él deseara, fue muy amable y me respondió con franqueza que, por entonces, le parecía bien que continuara, porque, dado que él a veces no se preocupaba demasiado por ser prudente, era conveniente tener un colaborador que intentara serlo.
Cuando llegó el momento de la sustitución, me dijo que no deseaba que me alejara del Vaticano y que, por lo tanto, asumiera la responsabilidad de la Fundación Ratzinger. Le dije que no me sentía muy inclinado hacia un trabajo predominantemente cultural, pero él se mantuvo en esa idea y la propuso a mis superiores jesuitas. Así han transcurrido estos últimos diez años.
Siempre he pensado que Francisco sentía un gran respeto y amor por Benedicto y que, por eso, durante el tiempo que convivieron en el Vaticano, era conveniente que hubiera alguien cerca que conociera bien y quisiera mucho a ambos.
Desde entonces, cada año le pedí que entregara personalmente el Premio Ratzinger a los candidatos propuestos por nuestra Fundación y aprobados por él. Lo hizo hasta el 1 de diciembre de 2022. Aquella vez, intuyendo que casi con toda seguridad sería la última, porque Benedicto ya estaba muy débil, le propuse un borrador de discurso algo menos breve de lo habitual, con algunos bonitos pensamientos para su predecesor. Lo aceptó con su habitual amabilidad, haciendo solo una brevísima adición por su cuenta.
Dijo de su predecesor: “esos ojos contemplativos que siempre muestra”. Fueron sin duda las palabras más destacadas de aquel discurso. Con toda razón. Bastaban para hacer comprender cómo Francisco y Benedicto se miraban a los ojos con sinceridad, estima y afecto.
La última ocasión de colaboración intensa que tuve con el Papa Francisco fue a propósito del Encuentro que él convocó en el Vaticano, en febrero de 2019, sobre “La protección de los menores en la Iglesia”. Participaban los presidentes de las Conferencias Episcopales y varios otros responsables eclesiales. El Papa me encargó que fuera el “moderador” de la asamblea. Se trataba de un problema que había marcado profundamente la vida de la Iglesia y el servicio de los Papas en las últimas décadas, sobre todo el de Benedicto XVI y el de Francisco.
En aquellos días fueron frecuentes los intercambios con él, en particular por lo que respecta a los encuentros con las víctimas de abusos, a los textos de las intervenciones del propio Papa, etc. Benedicto había llevado una cruz muy pesada, con humildad y verdad, y había dejado en herencia a su sucesor una línea sabia y correcta, para hacer frente a la crisis con escucha de las víctimas, con rigor en la justicia, purificación de la Iglesia y prevención de los abusos.
Pero aún quedaba un largo camino por recorrer. Francisco pudo darse cuenta de ello, se implicó muy profundamente y muy personalmente en este asunto, en particular en la “crisis chilena”. Gracias a ello, la Iglesia ha dado muchos pasos adelante durante su pontificado, en la comprensión, en la definición de las normas, y en la conversión y el actuar como “pueblo de Dios”.
Tanto en el pontificado de Benedicto como en el de Francisco, ésta sigue siendo, quizá, mi experiencia más profunda de participación al servicio del Papa, en el camino eclesial por la senda de la Cruz y la Resurrección de Jesús.
[Original en italiano]
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