Arte sacro y legado espiritual: Explorando la Capilla Borgia
La Capilla Borgia es el tema central de un proyecto de investigación basado en un extenso trabajo de archivo realizado por Jimena Abáigar de Villegas. Mientras colabora con ARSI (Archivum Romanum Societatis Iesu), está terminando su máster en Historia del Arte en la Universidad John Cabot en Roma para explorar el significado histórico y artístico de la capilla, sentando las bases de su futuro doctorado.
Por Jimena Abáigar de Villegas
La Capilla Borgia es una verdadera joya jesuita en Roma, situada a sólo cinco minutos de la Basílica de San Pedro, dentro de la Curia General de la Compañía de Jesús. Originalmente conocido como Oratorio Borgia, fue construido junto a la Curia entre 1921 y 1927, bajo el gobierno del Padre General Wladimir Ledóchowski (1866-1942). Sin embargo, su decoración no comenzó hasta después de 1930 y se inauguró oficialmente en 1933.
A diferencia de lo que cabría esperar de un espacio sagrado jesuita romano, la Capilla Borgia se distancia de la estética dramática del Renacimiento tardío y el Barroco jesuíticos, como se observa en las iglesias de Il Gesù o Sant’Ignazio in Campo Marzio, desarrolladas durante la Contrarreforma para reafirmar y expandir la autoridad católica. En cambio, su lenguaje artístico está profundamente arraigado en las tradiciones bizantinas medievales y del Neorrománico, inspirándose en Bizancio, Rávena, y en la imaginería romana medieval y paleocristiana de las catacumbas.
Aunque hoy en día la Capilla Borgia se utiliza en ocasiones, generalmente cuando la comunidad celebra misa en presencia de personas ajenas a la comunidad de la Curia, hace 90 años no solía ser así. De hecho, era todo lo contrario, ya que no se construyó como una capilla privada para la comunidad de jesuitas que vivía en la Curia, sino como un oratorio muy abierto, accesible para todos los fieles que quisieran asistir a las ceremonias eucarísticas, rezar o adorar al Señor. Así lo confirman los documentos archivísticos conservados en el Archivum Romanum Societatis Iesu (ARSI), también situado en la Curia.
El oratorio fue consagrado al santo español Francisco de Borja (1510-1572), arquetipo del santo General de la Compañía de Jesús, para la Curia General de los jesuitas, y el tercer Superior General de la orden, de 1565 a 1572. Como bien señaló el Padre Augusto Coemans: “De la misma manera en que el acercamiento de Borja estaba abierto a todos, nuestra capilla también podría ser llamada iglesia”. En consonancia con esta visión, el oratorio fue consagrado en 1929 como espacio de culto intencionadamente abierto por el arzobispo de Toledo Pedro Segura y Sáenz.
San Francisco de Borja ocupa un lugar destacado en el ábside, representado junto a sus dos atributos iconográficos más significativos: la corona y la calavera, en alusión a uno de los episodios más emblemáticos y representados de su vida. Relatado con frecuencia por los historiadores jesuitas Pedro de Ribadeneira (1526-1611) y Álvaro Cienfuegos (1657-1739), se trata del encuentro con el cadáver descompuesto de la emperatriz Isabel de Portugal, consorte de Granada, en 1539, acontecimiento que influyó profundamente en su transformación espiritual. Reflejo de esta escena es el encuentro de San Francisco de Borja con San Estanislao Kostka (1550-1568), que subraya la universalidad de la misión jesuítica e ignaciana desde sus inicios hasta la época contemporánea, y la continuidad de la santidad dentro de la Compañía.
Las conexiones con Borgia, sin embargo, van más allá de los atributos iconográficos y los episodios biográficos. El diseño del ábside principal también refleja un aspecto central de su espiritualidad: su profunda devoción a la Eucaristía como verdadera fuente de vida espiritual, un sacramento que une a Cristo con el creyente, otorgándole fuerza durante el camino de la Fe y, en última instancia, la Salvación. Esto se expresa visualmente a través de la representación de dos ciervos bebiendo de un manantial, símbolo del Agua de la Vida, mientras seis ángeles en adoración custodian la Eucaristía. Por lo tanto, se referencian directamente dos salmos: 78:25: “El hombre comió el pan de ángeles, Dios les mandó comida hasta saciarlos”; y 42:1: “Como el ciervo anhela las corrientes de agua, así mi alma te anhela a ti, Dios mío”. Para transmitir este mensaje, el programa artístico se inspira en motivos históricos, conceptos e incluso elementos estilísticos de las tradiciones paleocristiana, románica y bizantina, pero reinterpretadas en un contexto jesuita contemporáneo. El significado espiritual se profundiza aún más mediante referencias directas a la imaginería eucarística y salvífica que se encuentra en las catacumbas romanas, como ramas de olivo, plumas de pavo real, anclas y el pez de la Eucaristía que porta cestas de panes, reforzando así la continuidad de la devoción cristiana a través de los siglos.
El arquitecto principal que supervisó la construcción de la Curia, y por tanto de la Capilla Borgia, fue Giuseppe Gualandi (1866-1944). Sin embargo, de acuerdo con la tradición jesuita, parte de las obras fue confiada a dos hermanos coadjutores, llamados personalmente a Roma por el padre Wladimir Ledóchowski, para concluir la iluminación mural. El artista principal fue el hermano español Antonio Arribas (1888-1973), discípulo del estimado hermano Martín Coronas (1862-1928), que había decorado la Cueva de San Ignacio, en Manresa, y el Palau Ducal dels Borja, en Gandía, entre otras muchas obras. Aunque el hermano Arribas fue la figura principal en la ejecución artística, no completó la obra en solitario. Varios años después de su inicio, el hermano polaco Théodor Podobienski (1898-1939) llegó a Roma, donde colaboró en las fases finales del proyecto que precedieron a la inauguración definitiva del oratorio, que tuvo lugar en el verano de 1933.







