Porque un niño nos ha nacido | Esperando con esperanza

Por Marc Rastoin, SJ

Nuestro mundo está viviendo un cambio de época, marcado por el lento desmoronamiento del mito del progreso eterno e invencible. Los recursos naturales se están agotando y el cambio climático se hace cada año más tangible y preocupante. En este contexto, acoger un niño en el mundo se convierte en una decisión delicada, en un acto que presupone una forma de esperanza e incluso de fe. Muchos jóvenes dicen que se niegan a traer nuevos seres humanos a este mundo. Por supuesto, es fácil burlarse de esa postura, señalar el individualismo y el egoísmo que puede ocultar. Sin embargo, no debemos descartar este razonamiento con ligereza.

Olivier Clément, un teólogo que abrazó la fe en la edad adulta, previó con sorprendente lucidez nuestro kairos sobre este punto. En 1975, escribió: “Se puede comprender la vacilación de los jóvenes. Antes existía, en la continuidad biológica –en su casi fatalidad–, una especie de fe real, aunque ciega e impuesta.Sin duda, llegará un día en que se necesitará una fe consciente para atreverse a traer un hijo al mundo.”

¡Ciertamente! Casarse y tener hijos ya no son certezas naturales ni culturales. Una revolución colosal en la historia de la humanidad. Porque acoger a un niño es creer que la vida merece la pena, que la vida es un don digno de ser dado de nuevo. A pesar de las sombras del mundo, a pesar del mal mismo, al final, “todo estará bien, y cada cosa será para bien”, como dijo una vez Julián de Norwich. No que la humanidad o el planeta vayan a alcanzar necesariamente un final feliz –todas las señales parecen indicar lo contrario– sino porque la fe sabe que Dios tiene cada vida en sus manos y cuidará de cada vida, incluso hasta el final.

Un Hijo nació para decírnoslo. Los cristianos no traen hijos al mundo por una confianza ingenua o arcaica en que el mundo mejorará. No, acogen a los niños porque creen en la bondad de Dios hacia todos los seres vivos. Ellos creen que Dios quiere la vida de sus hijos más allá de la muerte misma. Porque, como nos recuerda el teólogo Philippe Lefebvre, la pregunta fundamental de la humanidad siempre ha sido: “¿Debe morir el hijo? ¿Se entrega un hijo a la muerte?”

¿Dios realmente quiere la vida del hijo? Creerlo así puede ser una lucha larga. Nosotros creemos que vale la pena vivir la vida porque siempre habrá la posibilidad de amar y de dar la vida. Sea cual sea el estado del mundo. Sí, no es de extrañar que los creyentes sean hoy, en Occidente, de los pocos que siguen acogiendo a los niños. Esto toca el corazón mismo de su fe y de su esperanza, dos virtudes tan estrechamente vinculadas, como señaló una vez Benedicto XVI: “En ciertos pasajes [de las Escrituras], las palabras ‘fe’ y ‘esperanza’ parecen intercambiables.”

Algunos eligen convertirse en eunucos por el bien del Reino, dando testimonio de la absolutidad de Dios a la manera de Cristo. Mañana, e incluso ahora, otros traerán hijos al mundo para proclamar su fe inquebrantable en el valor de la vida y en el poder de Dios, que acogerá toda vida en Él, tal como deseó recibir en Él a la Virgen María al final de sus días terrenales, cuando, habiendo completado su misión, parecía, a los ojos humanos, no tener más propósito.

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Publicado por Communications Office - Editor in Curia Generalizia
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