“Fe es la consistencia de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve.” (Hebreos 11:1) | Esperando con esperanza

Por Primitivo Jr Viray, SJ

¿Dónde podemos encontrar esperanza en nuestros días, en un mundo marcado por el sufrimiento, el pecado y la muerte? Los estragos de la guerra afectan, en todos los continentes, no solo a los que combaten, sino a mujeres y niños, que son quienes soportan la carga más pesada. Muchas comunidades continúan su lucha contra la pobreza extrema y la profunda injusticia que se ven alimentadas por la corrupción y la destrucción implacable del medio ambiente. Estas realidades se agravan con un capitalismo desenfrenado y por el auge de líderes autoritarios que aprovechan hábilmente la globalización y la tecnología para promover el populismo, la polarización y las narrativas posverdad (Moisés Naím, La revancha de los poderosos, 2023). Todas estas fuerzas han hecho más intenso el sufrimiento de quienes ya antes vivían en los márgenes.

En este contexto tan sombrío, el Papa Francisco ofreció un impactante recordatorio en su audiencia general del 11 de diciembre de 2024. El “don más hermoso” que la Iglesia católica y sus miembros pueden dar al mundo, decía, es una razón para vivir con esperanza. Y añadía: “El cristiano no puede contentarse con tener esperanza; debe a su vez irradiar esperanza, ser sembrador de esperanza... Esperanza no es una palabra vacía, ni un vago deseo nuestro de que las cosas vayan bien; esperanza es una certidumbre, porque se fundamenta en la fidelidad de Dios a sus promesas. Y por eso la llamamos virtud teologal: porque es Dios quien la infunde y tiene a Dios como garante.” Sus palabras nos invitan a dar el paso desde vivir una fe pasiva a dar un testimonio activo basado en la fidelidad de Dios.

Reflexionando sobre el llamamiento del Santo Padre, he recordado una historia ocurrida durante un foro sobre Myanmar celebrado en 2023. Una mujer que trabajaba en el Servicio Jesuita a Refugiados nos habló de las dificultades a que se enfrentan las comunidades desde el golpe militar de 2021. Hablaba del conflicto sin fin entre las fuerzas militares y las rebeldes, que ha causado miles de muertos y heridos, entre ellos mujeres y niños. Nos mostraba la fotografía de una madre que encabezaba el cortejo fúnebre de su hijo, muerto en uno de los implacables bombardeos militares. La familia no había podido enterrarlo inmediatamente porque tenía que proseguir su huida de los ataques. Solo más tarde lograron encontrar un pueblo donde finalmente pudo descansar en paz.

Su relato nos describió los graves peligros a los que se enfrentan los trabajadores al servicio de causas humanitarias. Las amenazas, el acoso y los ataques selectivos han obligado al personal de las Naciones Unidas a retirarse del país. Ella misma había recibido amenazas contra su persona cuando hacía lo posible por proporcionar alimentos y refugio a las familias desplazadas en su país. Cuando le preguntamos por qué había decidido quedarse cuando tuvo oportunidad de marcharse, nos respondió en voz baja: “¿Quién va a cuidar de nuestra gente si nos vamos?” Y ante nuestra pregunta sobre qué la mantenía en pie en medio de tanto peligro, nos respondió sin dudar: “Es mi fe la que mantiene mi esperanza contra toda esperanza”. Sus palabras conmovieron a muchos de nosotros hasta las lágrimas.

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Una actitud muy semejante de resistencia pude advertir durante una reciente visita al Reino Unido, cuando un antiguo profesor mío nos hablaba de un libro recién publicado que daba voz a los estudiantes palestinos cuyos estudios se habían visto interrumpidos por la destrucción de sus escuelas y universidades. Mientras hojeaba sus páginas, me impactó profundamente un poema por la cruda verdad que transmitía y los valores que insistía en comunicar. El libro era de Wissam Yousef*: We died... you scrolled (Nosotros morimos... tú te desplazaste), un recordatorio desgarrador de que la esperanza a veces se manifiesta en forma de perseverancia: perseverancia para ser escuchados, para ser recordados y para ser nombrados:

Alguien me preguntó: “¿Por qué hablas? ¿Por qué escribes?”

Porque quieren que muramos en silencio, que desaparezcamos sin dejar rastro,
sin hacer historia.
Escribimos porque escribir es resistir.
Hablamos porque el silencio es complicidad. El silencio es un testigo que miente.

Sí, muchos saben que en Gaza hay una hambruna,
pero saberlo no es suficiente.
No escribimos solo para que el mundo “sepa”.
Escribimos para que nadie pueda decir que no lo sabía.
Escribimos para que no puedan mirar hacia otro lado sin sentirse culpables.

Escribimos para denunciar.
Escribimos para perturbar su comodidad, para sacudir las conciencias dormidas.
Escribimos para que no se olvide al niño que murió de hambre.
Para que los hambrientos tengan un nombre.
Para que los asesinos sean también nombrados.

La urgencia de este poema resonaba en aquella mujer de Myanmar y en los testimonios de innumerables personas que se atreven a decir la verdad en medio del sufrimiento. Sus voces nos recuerdan que esperanza no quiere decir optimismo pasivo. Es un compromiso, una negativa a rendirse al silencio, a la indiferencia o a la desesperación.

En todas estas historias, desde Myanmar hasta Palestina y en tantas otras tierras dolientes, somos testigos de una esperanza que no se reduce a un lejano ideal, sino que es realidad vivida expresada en valentía, en compasión y en verdad. La esperanza florece allí donde una persona elige la fidelidad superando el miedo, la solidaridad superando la propia seguridad y la verdad superando el silencio. La esperanza vive en cada acto de acompañamiento, en cada palabra que se opone a la injusticia y en cada oración que se dice por un mundo restaurado.

Como cristianos, estamos llamados no solo a creer en la esperanza, sino a encarnarla. “Irradiar esperanza”, como decía el Papa Francisco, es estar al lado de quienes sufren, es hablar cuando el silencio hace daño y confiar en que la promesa de Dios de una nueva vida es más fuerte que cualquier poder que traiga la muerte.

En tiempos oscuros, que sea nuestra fe la que moviliza nuestra esperanza, que nuestra esperanza nos mueva a la acción y que nuestras acciones den testimonio del Dios que nunca abandona a su pueblo. +AMDG+

*Del libro “We Are Still Here – An Anthology of resilience, grief, and unshattered hope from Gaza’s university students” (“Seguimos aquí – Antología de la resiliencia, el dolor y la esperanza inquebrantable de los estudiantes universitarios de Gaza”). Editado por Zahid Pranjol y Jacob Norris.

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Publicado por Communications Office - Editor in Curia Generalizia
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