“El Magis no consiste en hacer más, sino en amar más.” | Discípulas invisibles
Una conversación con la hermana Orla Treacy sobre la fe, la resiliencia y la transformación de vidas en Sudán del Sur
Entrevista realizada por Carla Bellone | Asistente del Secretario para el Servicio de la Fe
Escondidos en algunos de los lugares más frágiles del mundo hay misioneros cuyo valor, compasión y silenciosa perseverancia revelan el rostro de Cristo. Una de ellas es la hermana Orla Treacy, una religiosa irlandesa de la Congregatio Jesu, que lleva casi dos décadas prestando servicio en Sudán del Sur. En esta conversación, ella reflexiona sobre su vocación, las dificultades y las gracias de la vida misionera, y la esperanza que sigue arraigándose entre las mujeres y los jóvenes que acompaña.
“Pensé que me quedaría cinco años... y aquí sigo, casi veinte.”
Hermana Orla, gracias por dedicarnos su tiempo hoy. ¿Podría empezar contándonos sobre su vocación y el camino que la llevó a su actual misión en Sudán del Sur?
Soy irlandesa, miembro de las Hermanas de Loreto, el Instituto de la Santísima Virgen María, que pronto formará parte de la Congregatio Jesu. Después de terminar mis estudios universitarios, sentí una profunda vocación por la vida religiosa. En 2003, ingresé en la congregación, aunque estaba bastante segura de que no quería ser misionera. Luego, en 2006, tras un periodo de discernimiento, viajé con algunas hermanas a Sudán del Sur, respondiendo a la invitación del obispo de abrir un internado femenino de secundaria. Llegamos a un país que salía de veinte años de guerra civil. No había nada, ni siquiera educación primaria para las niñas. Era desalentador, pero me sentí atraída por ello. Pensé que me quedaría cinco años... y aquí sigo, casi veinte años después.
“Donde hay sufrimiento, está la cruz. Y donde está la cruz, está Jesús.”
Cuando llegó, no había casi nada. ¿Cómo consiguió vivir la dimensión contemplativa en medio de una actividad tan intensa?
Los primeros años fueron extremadamente duros. Nos enfrentamos a enfermedades, aislamiento y retos constantes. Recuerdo sentarme ante la cruz por la noche, llorando, pidiendo fuerzas a Dios. Entonces, un sacerdote jesuita me dijo: “Donde hay sufrimiento, está la cruz, y donde está la cruz, está Jesús.” Esas palabras me han ayudado a superar todas las dificultades. Desde entonces, mi misión se ha convertido en una misión de presencia: simplemente aguantar, permanecer, esperar. Cada día intento dar gracias por algo pequeño. A veces es solo una buena taza de té lo que me ayuda a seguir adelante.
“La comunidad lo es todo aquí.”
¿Qué importancia ha tenido para usted el apoyo de la comunidad, tanto religiosa como laica?
Ha sido esencial. En un lugar como este, la comunidad significa supervivencia. Las relaciones pacíficas son más importantes que cualquier estructura o proyecto. Con el tiempo, hemos aprendido a construir una comunidad que incluye no solo a las hermanas, sino también a los laicos, al personal y a nuestras antiguas alumnas. Hace unos años, varias graduadas nos invitaron a abrir una nueva misión a diez horas de distancia. Ahora viven y trabajan junto a una de nuestras hermanas. Es un signo vivo de continuidad y misión compartida.
“La hospitalidad es muy importante aquí: todos forman parte de su familia. Un visitante es una bendición.”
“Nuestra escuela se convirtió en un refugio para las jóvenes.”
¿Podría compartir alguna experiencia impactante de sus años de misión?
En 2013, una de nuestras alumnas, Rebecca, fue obligada a casarse. Intentamos ayudarla, pero era demasiado tarde. Esa experiencia me abrió los ojos a las profundas injusticias a las que se enfrentan las jóvenes. Desde entonces, hemos establecido protocolos para protegerlas. Los padres deben firmar un acuerdo que garantice que sus hijas permanecerán en la escuela hasta la graduación. Algunas chicas viven con nosotros durante meses, incapaces de regresar a casa de forma segura. Con el tiempo, nuestro internado se convirtió en un refugio para las chicas que escapaban del matrimonio forzado. A veces las familias se oponen a nosotros, pero también hemos visto un cambio notable: muchas de nuestras graduadas ahora están apoyando y protegiendo a las alumnas más jóvenes. Es una transformación cultural lenta, pero real.
“El Magis no consiste en hacer más, sino en amar más.”
Su congregación está profundamente arraigada en la espiritualidad ignaciana. ¿Cómo influye eso en su misión actual?
El discernimiento guía todo lo que hacemos. Las necesidades que nos rodean son abrumadoras –hambre, enfermedad, falta de educación– y el peligro es convertirnos en meros trabajadores sociales. Pero no somos una ONG; Cristo es el centro de todo lo que hacemos. El Magis ignaciano, el “más”, no significa hacer más, sino amar más, ayudar a las personas a redescubrir su dignidad. Cuando el Papa Francisco visitó Sudán del Sur en 2023, organizamos una peregrinación para que nuestros jóvenes lo encontraran en Juba. Fue sencillo –dormimos en iglesias y aulas–, pero transformador. Después, nos dijeron: “Queremos más de Dios, más oración, más Jesús.” Entonces supe que nuestra misión no es solo educar, sino guiar a otros hacia una relación con el amor de Cristo.
“La Iglesia es la gente con la que caminamos.”
¿Qué mensaje compartiría con las mujeres, religiosas y laicas, que sirven silenciosamente en la sombra?
Les recordaría que la Iglesia no son solo los sacramentos, sino las personas a las que acompañamos: las mujeres, los jóvenes, los heridos, los agobiados. Nunca caminamos solos. Las personas a las que servimos tienen una profunda sabiduría propia, aunque no compartan nuestro idioma o nuestra educación. Escucharlos y acompañarlos en su camino me ha hecho mejor persona y mejor misionera. Por muy oscuras que parezcan las cosas, mantén viva la esperanza: encuentra pequeños momentos de gratitud cada día. Eso es lo que sostiene nuestra misión y mantiene a Cristo en el centro.
“Esperanza y gratitud, incluso en las pequeñas cosas. Eso es lo que nos mantiene fieles a la misión.”







