Vivir y servir bajo el fuego: discípulas invisibles y su misión en tiempos de guerra | Discípulas invisibles

Por la Hna. Anastasia Mazur, CJ*

Desde el comienzo de la guerra, la situación en Kiev se caracteriza porque hay alertas diarias de ataques aéreos. Frecuentemente duran toda la noche, o varias veces al día, pero la guerra dura ya mucho y la gente tiene que ir a trabajar. Algunos se refugian tras la primera señal, mirando las aplicaciones de sus móviles para ver por dónde y qué es lo que se acerca volando. Si pueden, se alejan de las ventanas. No utilizan los refugios sino cuando ven que se trata de un ataque serio. Los ataques suceden de improviso, son una lotería. Los soldados intentan derribar los Shaheds (drones de fabricación iraní) antes de que alcancen la ciudad, pero nada garantiza que lo consigan. Sobre todo si vuelan a baja altura.

Tenemos que arreglárnoslas para vivir en estas condiciones. Yo actualmente trabajo para Depaul, una organización sin ánimo de lucro. Por la mañana, antes de salir para el trabajo, compruebo qué puentes están transitables, porque algunos se cierran cuando hay alerta. A veces, la aplicación te dice que sobrevuelan cohetes, pero la gente está atrapada en el tráfico matutino, y se queda en sus coches esperando a ver cómo evoluciona la situación. En cualquier momento podrías ser alcanzado. Parece a veces que el trayecto al trabajo sea más importante que la vida misma.

Por mi parte, no puedo decir que ni las explosiones ni el ruido me dejen de afectar. Más de una vez la explosión sucede primero y luego la alerta: es que el misil se detectó demasiado tarde. Al comienzo de la guerra yo estaba aquí con mi hermana Katarina, miembro también de la Congregatio Jesu (CJ), cuando la Superiora Provincial de entonces nos preguntó si queríamos abandonar Kiev para ir a zonas más seguras. Pero dejó la decisión en nuestras manos, diciéndonos que, estando sobre el terreno, tendríamos una visión mejor de la situación. Se lo agradezco mucho, porque inmediatamente nos dimos cuenta de que había que implicarse y ayudar a la población local. Así que nos quedamos, pensando que Kiev estaba bien protegida y que en otros lugares la situación podía ser peor. En aquel tiempo yo trabajaba todavía en una organización benéfica. Antes de nada, convertimos la cocina y el almacén del sótano en refugio antiaéreo.

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El primer día de la guerra fue muy difícil. Era como si mi instinto de supervivencia me impidiese aceptar que lo que sucedía era real. Mi inconsciente se negaba a aceptar que podía perder la vida en cualquier momento. Y eso que, en los primeros días, las explosiones eran muy intensas y las tropas rusas estaban cerca de la ciudad. Me concentré en que había que hacer algo. Recibíamos llamadas de personas enfermas que pedían medicinas y comida. Se trataba de cosas difíciles de encontrar y eso me mantenía ocupada. Las colas para conseguir pan eran enormes, y teníamos que ir a varias farmacias para dar con algunos productos. En esos momentos comprendí que estaba en el lugar adecuado, que aquí me necesitaban y aquí debía quedarme. Muchas personas llegaban a nuestro refugio con niños pequeños. Ofrecíamos ayuda a las familias que abandonaban Kiev para que llegaran al menos hasta las afueras de la ciudad y pudieran desde allí continuar su camino.

Intentábamos ofrecer palabras de ánimo a los más aterrorizados. Les infundía tranquilidad saber que alguien se preocupaba por ellos, que los cuidaba. En el refugio, intentábamos hablar con todos. Organizábamos juegos para los niños ayudándoles así a relajarse. Por la noche, rezábamos juntos aunque fuera una breve oración. Ahora vemos cómo llegan de zonas de guerra muchos refugiados, que han vivido de cerca innumerables horrores; se advierte en ellos un miedo aún mayor.

Son personas que tuvieron miedo a marcharse porque no sabían adónde ir; no tenían una red de apoyo ni suficiente dinero. Pero ahora se han visto obligadas a irse porque el frente está llegando a su zona. Nos mantenemos en contacto con organizaciones que trabajan en las regiones afectadas. A través de ellas, informamos a la gente de que no hay que tener miedo a marcharse y de que nosotros les podemos proporcionar aquí, en Kiev, alojamiento gratuito hasta que se establezcan y encuentren trabajo. Les proporcionamos también apoyo psicológico. Algunos han logrado huir solo con la ropa que llevaban puesta. Es admirable cómo se ayudan entre sí, a pesar de todo, estas personas desplazadas. Vienen de diferentes regiones del este de Ucrania, pero son como una familia.

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Hemos escuchado muchas de sus trágicas historias. La fe nos ayuda sin duda a procesarlas, junto con los sacramentos, la Sagrada Comunión y las oraciones que por ellos ofrecemos. Nos ayudan también algunos webinara los que asistimos como trabajadoras sociales. Las historias difíciles son numerosas, especialmente ahora que se está evacuando, como he mencionado, a familias socialmente desfavorecidas. Los que podían abandonar la zona de guerra lo hicieron hace mucho tiempo. Pero los que no sabían qué hacer se quedaron allí hasta el último momento. Hace poco acudió a nosotros una mujer con cuatro hijos a la que le falta la mano derecha. Su marido ha muerto y ella vive con su discapacidad. La estamos ayudando todo lo que podemos. Gracias a Dios va saliendo adelante.

Los enfermos, las mujeres embarazadas y otros grupos vulnerables lo han pasado especialmente mal. Recuerdo que, en los primeros días de la guerra, tuvimos una chica que estaba embarazada de nueve meses. Esperaba su primer hijo y su marido estaba en el ejército. La llevamos al médico; la acompañaba su madre y eso le daba tranquilidad a pesar de lo que estaba sucediendo fuera. No sabíamos qué pasaría cuando diera a luz, si sería posible salir del refugio o no, así que buscamos un ginecólogo. Afortunadamente, pudo dar a luz con normalidad en el hospital. Yo lo viví con gran emoción.

La guerra lleva cuatro años. Algunas personas que lo han perdido todo piensan quizá que Dios los ha abandonado. La mayoría de las personas que huyen del frente del este de Ucrania son no creyentes. En esas zonas hay muy pocas iglesias. Ellos, por tanto, no se formulan preguntas de ese tipo. Tampoco se preguntan qué han hecho para merecer esto. No lo ven así. Ellos se muestran solidarios unos con otros para soportarlo todo juntos.

Cuando reflexiono sobre este conflicto como mujer consagrada, encuentro especial dificultad para comprender la magnitud de la malicia humana. Cuando veía en televisión películas o documentales sobre la Segunda Guerra Mundial, no acababa de comprender que alguien pudiera estar tan llena de ira. ¿Cómo es posible que una persona haga tanto daño a otra? Ahora lo estamos viviendo en vivo y en directo.

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Muchos nos preguntan si nos lo esperábamos. Para ser sincera, muchos de nosotros en Ucrania nos sorprendimos de que en Europa pudiera estallar un conflicto sangriento de tales proporciones.

Poco antes de comenzar la guerra yo no notaba que se estaba acercando. Por supuesto, la tensión había ido en aumento desde 2014. En ese tiempo acababa de trasladarme desde mi anterior misión en Novocherkassk, en Rusia, a la panadería que nos acogía en Prešov (Eslovaquia) y desde donde seguía de cerca lo que estaba sucediendo en el Maidan de Kiev. Más tarde estuve en otra comunidad CJ durante tres meses ayudando en la ciudad rusa de Tyumen. Allí noté que algunas personas hablaban en contra de Ucrania. Me chocó mucho.

Desde el comienzo de la guerra lo que más me dolía, más que las decisiones del presidente ruso, era escuchar en la televisión a gente corriente de Rusia que aprobaba la intervención en Ucrania. Sentía dolor físico ante el odio que contenían sus palabras. ¿Cómo puede una persona desear eso a otra? Sé hasta qué punto les influye la propaganda, pero nadie ha abolido el sentido común. Nadie les ha quitado el cerebro ni les ha puesto otro en su lugar.

Acabamos de celebrar el Año Jubilar 2025, que ha sido una invitación a la esperanza y al perdón. ¿Cómo podemos perdonar los crímenes de guerra, la violación de mujeres y decenas de miles de muertes? Si doy una respuesta desde un punto de vista humano, es decir, el de la gente común de Ucrania, y no desde el de la fe, eso no sucederá en la vida. No va a pasar que al cesar los combates todo quede perdonado. Para que haya perdón, tiene que haber primero arrepentimiento. Y pasarán muchos años antes de que surja en Rusia una nueva generación que piense de otra manera. Por ello persevero en mi oración y mi trabajo.

*Las hermanas Anastasia Mazur y Villana Kramartchouk son miembros de la Congregatio Jesu y viven en Kiev.

La hermana Anastasia Mazur, CJ, es trabajadora social de la organización sin ánimo de lucro Depaul. Es responsable de un proyecto que ayuda a refugiados de guerra para que se adapten a la vida en Kiev. Antes trabajaba para una organización benéfica.

La hermana Villana Kramartchouk, CJ, llegó a Kiev en el verano de 2022. Es terapeuta artística y trabaja como coordinadora del Centro San José en Kiev. La Conferencia de Superiores Religiosos Mayores de Ucrania creó este Centro antes de la guerra como centro de asistencia psicológica. Desde el comienzo de la guerra, el Centro se ha propuesto acompañar a niños y adultos en sus dificultades: consultas individuales con psicólogos, psicoterapeutas y asesores espirituales; sesiones con un logopeda y un psicólogo infantil para los más pequeños; grupos de terapia artística que ayudan a encontrar fuerza interior; reuniones focalizadas en la estabilización emocional y grupos de apoyo para adultos. Son muchos los que necesitan ayuda y están agradecidos de poder encontrarla allí.

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Publicado por Communications Office - Editor in Curia Generalizia
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El Servicio de Comunicaciones de la Curia General publica noticias de interés internacional sobre el Padre General, sobre el gobierno central de la Compañía de Jesús y sobre los compromisos de los jesuitas y colaboradores en la misión. También se encarga de las relaciones públicas y con los medios de comunicación.

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