James Martin, SJ

Papa Francisco: in memoriam

Una gracia inesperada

James Martin, SJ

No he llegado a conocer al Papa Francisco tan bien como otros. Desde luego, no tan bien como algunos amigos comunes que lo trataban desde su época de arzobispo en Buenos Aires. Tampoco lo conocí tan bien como los cardenales, los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas que trabajaron con él en el Vaticano. Y, desde luego, tampoco tan bien como nuestro Superior General, el padre Arturo Sosa, SJ. Por un lado, no hablo bien español y el inglés del Papa Francisco era un poco titubeante. No puedo decir que fuéramos íntimos amigos.

Pero sí he tratado al Papa Francisco y fuimos amigos. Y conocerlo fue una de las gracias más grandes e inesperadas de mi vida. A lo largo de su papado, me habré reunido con él en privado cuatro o cinco veces en su despacho del Palacio Apostólico o en su residencia de la Casa Santa Marta, habré intercambiado con él notas y correos electrónicos varias veces al año y tuve oportunidad de charlar con él a menudo durante el Sínodo de los Obispos que se reunió en Roma entre octubre de 2023 y octubre de 2024.

Mi primera audiencia privada con él fue una sorpresa unida a una segunda sorpresa. En 2017, a primera hora de la mañana, recibí un mensaje de texto de un amigo periodista que me decía: “¡Enhorabuena!”. Le respondí: “¿Por qué?”. Me contestó: “El Papa acaba de nombrarte consultor del Dicasterio para la Comunicación.” En mi ignorancia sobre los asuntos del Vaticano, supuse que mi Superior Provincial (o quizá la misma Curia de la Compañía) lo habrían sabido de antemano. Pero mi Provincial, que no lo sabía, me envió un mensaje de texto en que me decía: “¡Enhorabuena!”. Al parecer, el Papa nombraba sin más a los que quería. ¿Por qué no? Al fin y al cabo, ¡era el Papa y no necesitaba permiso de nadie!

Meses más tarde, estando en Roma en una sesión plenaria del Dicasterio, un amigo del Papa me dice: “¿Te gustaría conocer al Papa?”. Le respondo: “Por supuesto”. Pero la pregunta más importante era si él estaba dispuesto a recibirme. Para entonces, ya había comenzado a ejercer el apostolado, con el permiso de mis superiores, entre católicos LGBT (lesbianas, gais, bisexuales y transgénero). Al día siguiente, me dice mi amigo: “Me ha dicho el Papa Francisco que le gustaría conocerte.”

Yo estaba encantado y desconcertado. ¿Cómo se organizaba un encuentro así? “No te preocupes”, me dijo mi amigo, que lo conocía de su época en Argentina. “Quiere conocerte, así que te recibirá. Solo tienes que presentarte cuando lo saludes.”

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© Vatican Media • Simone Risoluti

Así que, durante la gran audiencia del Dicasterio, esperé mi turno en la fila y luego, con la sensación de ser un poco tonto, me presenté en español. “Ah”, dijo el Papa Francisco sonriendo, “¡Quiero tener una audiencia con usted!” (En realidad, solo entendí la palabra “audiencia” y deduje el resto). El Papa me indicó que me dirigiera a un hombre que estaba de pie en la sala, que me preguntó dónde me alojaba y anotó mi número de teléfono. Unos días más tarde, en la Curia de la Compañía, Andrea, el simpático portero de la entrada principal, me entregó un sobre con una invitación de la Casa Pontificia a la vez que me decía: “¡Auguri!”

Aquel primer encuentro en el Palacio Apostólico cambió mi vida. Estaba nervioso, por supuesto, y apenas dormí la noche anterior, pero no tenía por qué estarlo. La impresión que más me marcó fue que me encontraba ante el sacerdote más amable que había conocido jamás, el jesuita de mentalidad más abierta y el Provincial jesuita más solidario. Después de saludarme con una sonrisa y un apretón de manos firme, nos hicieron unas cuantas fotos y, gracias a un intérprete, pasamos a lo importante.

Un amigo cardenal me había dicho que, dado que el Papa me había invitado, debía preguntarle: “Santo Padre, ¿de qué quiere hablar?”. En respuesta, el Papa se echó a reír, abrió los brazos de par en par y me dijo: “¿De qué quiere hablar usted?”. A continuación, pasamos treinta minutos hablando de mi apostolado con los católicos LGBT, tema que le interesaba mucho.

Hacia el final de la reunión, caí en la cuenta, para mi horror, de que el que estaba acaparando la conversación era yo. De repente sentí que quizá debía dejarle hablar a él de lo que él quería hablar. Quizá quería hablar de algo totalmente distinto. Así que le dije: “Santo Padre, ¿qué puedo hacer por usted?”. Y él respondió: “Puede continuar con su apostolado en paz.” Desde entonces esas palabras me han servido de gran consuelo.

El Papa Francisco era, en mi opinión, un santo. No estoy seguro de si será canonizado ni cuándo, pero estoy convencido de su santidad. Una santidad que se caracterizaba por una gran libertad. Aunque, evidentemente, sus raíces se hundían en la fe de la Iglesia y en la tradición católica, Francisco no se sentía atado por lo que consideraba poco esencial y nunca dejó que una sensación de novedad le disuadiera de responder a los “signos de los tiempos”. Su apertura hacia los católicos LGBT fue solo un ejemplo de ello.

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© Vatican Media

También lo fueron otras innumerables iniciativas que tomó: su forma de enfocar el cambio climático, en Laudato si’, como cuestión no solo científica o política, sino también como cuestión espiritual; la intensa atención que prestaba, casi con precisión de rayo láser, hacia los pobres y marginados, a los que mencionaba en casi todas las homilías, discursos o alocuciones que pronunciaba; y su logro quizá más duradero: la inclusión, por primera vez, de laicos y laicas, sacerdotes y miembros de órdenes religiosas en el Sínodo de los Obispos (nos llamaban “no obispos”). Durante el Sínodo, un obispo se inclinó hacia mí mientras una brillante teóloga laica hablaba ante el grupo y me dijo: “Después de esto, ya no hay vuelta atrás.”

Pero lo que más recordaré fue un encuentro que reveló quién era Su Santidad de manera espectacular.

El año anterior a su muerte, se informó de que el Papa Francisco había proferido algunos comentarios “homófobos”. Me pareció algo totalmente ajeno al carácter del hombre que yo había llegado a conocer tan bien. Meses más tarde me hallaba en Roma para una reunión de humoristas y comediantes, en la que yo tomaba parte, cuando un cardenal amigo mío insistió para que planteara al Papa aquellos comentarios. Una vez más me sentía tremendamente nervioso, aunque no tenía por qué estarlo.

Así que, junto a dos amigos que hacían de intérpretes, hablamos del tema. Resultó que Francisco no era plenamente consciente del significado de las palabras italianas que había utilizado. Se disculpó y manifestó que no debería haberlas dicho. Me llamó la atención su actitud relajada y lo poco que le asustaba que le pusieran en cuestión. Al cabo de uno o dos minutos, la conversación pasó a otros temas.

Unos días más tarde, asistí en el Vaticano a la audiencia papal a los cómicos. Cuando todos hubieron terminado de estrechar la mano del Papa me acerqué a él. Su rostro se iluminó y bromeó sonriendo: “¡Vaya, un famoso cómico de Estados Unidos!”. Retiraba ya la mano cuando él me la volvió a tomar diciendo: “Gracias por el encuentro del otro día. ¡Necesitaba oír aquello! ¡Me ayudó mucho!”. Me despidió con un “pulgar hacia arriba”.

Pensé: ¿Quién hace una cosa así? ¿Quién da las gracias a uno que le ha planteado un problema? Únicamente alguien libre, humilde y santo. Finalmente pensé: el que hace eso es un santo. Le echaré mucho de menos.

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© Vatican Media

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