Nathalie Becquart, XMCJ

Papa Francisco: in memoriam

El Papa Francisco y mi camino sinodal con él

Nathalie Becquart, XMCJ | Subsecretaria de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos

El 13 de marzo de 2013, mientras trabajaba hasta tarde en la Conferencia Episcopal de Francia, seguía por Internet la espera del humo blanco. Justo en el momento en que apareció, recibí una llamada: uno de mis hermanos me anunciaba el nacimiento de su cuarta hija, Céleste. Desde entonces, asocio estos dos acontecimientos: la llegada de este Papa como un nuevo nacimiento para la Iglesia. Ni por asomo imaginaba lo que eso significaría también para mí.

De vuelta en mi comunidad xavière para el Habemus Papam, descubrí el nombre de Jorge Bergoglio, jesuita. Me llamó la atención de inmediato su forma de relacionarse con la multitud, pidiéndoles que rezaran por él: “Y ahora, comenzamos este camino: el obispo y el pueblo.” Un gesto profundamente sinodal que volveré a interpretar una y otra vez como expresión de su vínculo inquebrantable de pastor con su pueblo.

Lo vi por primera vez en la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Río en julio de 2013. Como directora del Servicio Nacional para la Evangelización de los Jóvenes, coordinaba con un equipo la llegada de 5.500 jóvenes franceses. Aunque acabábamos de vivir durante los días en las diócesis la dura prueba de un accidente de autobús de un grupo parisino y la muerte de una joven, esos tres días con el Papa fueron como un triduo pascual que culminó en la alegría de la Pascua durante esa magnífica misa final bajo el sol brasileño de Copacabana.

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Su mensaje a los jóvenes –“no os quedéis sentados en el sofá, id a armar un poco de ‘lío’ en vuestras diócesis”– ya encarnaba su enfoque sinodal: animar a todos los bautizados a convertirse en actores de la misión, protagonistas en la Iglesia y en la sociedad.

En noviembre de 2013, recibí su primera exhortación programática Evangelii Gaudium como una auténtica “bomba misionera” que resonaba profundamente con mi vocación de religiosaxavière, misionera de Cristo Jesús, y con nuestra forma de vivir la misión, arraigada en los Ejercicios Espirituales de san Ignacio. Durante mi primer y breve encuentro personal con él en el Vaticano, con motivo de un coloquio sobre la Pastoral Vocacional, me conmovió especialmente su manera de estar plenamente presente ante la persona con la que se encontraba y su atención hacia cada uno, encarnando esa “cultura del encuentro” que él propugnaba.

Octubre de 2016: por sorpresa, el Papa Francisco anuncia un Sínodo sobre “la fe, los jóvenes y el discernimiento vocacional” para 2018, que recibimos con gran alegría en nuestro Servicio de Juventud y Vocaciones. Tendremos entonces que animar y acompañar el proceso sinodal de consulta en Francia, pero muy pronto me veo también implicada en los encuentros internacionales de preparación en el Vaticano.

En marzo de 2018, en el presínodo de los jóvenes, descubro que he sido nombrada coordinadora junto con dos sacerdotes y me apoyo en mi experiencia ignaciana de discernimiento en común y de animación de retiros para jóvenes para ayudar a estos 300 jóvenes de todo el mundo a entrar en el proceso iniciado por el Papa Francisco y a redactar un documento final fruto de esta semana de escucha y diálogo.

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Luego, el Papa Francisco me nombra auditora para la Asamblea de octubre de 2018. Durante un mes, en la sala del Sínodo, a su lado y junto a todos los participantes, vivo una experiencia de Iglesia extraordinaria que me transforma profundamente. Escucho en la voz de los obispos y de los jóvenes todo lo que había escuchado y llevado durante casi 30 años en mi camino con los jóvenes, de quienes, en definitiva, había aprendido la sinodalidad. Descubrí también todos los aspectos informales importantes de un proceso sinodal, incluso durante los momentos de descanso con el Papa.

Recuerdo, por ejemplo, un día en el que, bajando en el ascensor con otras religiosas, se abre la puerta y entra el Papa; nos sorprende tanto encontrarnos así con él que le decimos espontáneamente: “Come stai?”. Y él responde con humor: “Ancora vivo!”.

Tras el Sínodo de los Jóvenes y el fin de mi mandato en la Conferencia Episcopal, me voy de año sabático a Toronto y luego a Chicago para descansar, recargar pilas y escribir artículos y un libro. Entonces discerní con mi superiora general cuál podría ser el siguiente paso. Sin haberlo previsto, surgió la idea de volver a estudiar teología para especializarme en eclesiología, llevando a cabo una investigación sobre la sinodalidad, como fruto del Sínodo de los Jóvenes que me marcó profundamente y me llevó a profundizar en una vocación al servicio de la sinodalidad.

En abril de 2019, cuando ya estaba todo listo para mi llegada al Boston College, me enteré con sorpresa de que el Papa Francisco me había nombrado consultora de la Secretaría General del Sínodo. Esta llamada del Papa viene a confirmar la dimensión eclesial de mi compromiso con la sinodalidad.

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En febrero de 2021, nueva sorpresa: cuando debía iniciar otra misión, el Papa Francisco me nombra subsecretaria de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos. La aventura de la sinodalidad continúa entonces en el Vaticano, junto con todo lo que he recibido y trabajado durante mi investigación en Boston.

El camino sinodal, marcado por los encuentros y las etapas del sínodo con el Papa, se inscribe también a lo largo de los años en las celebraciones con él en San Pedro, el seguimiento de sus intervenciones, viajes y publicaciones. Y, sobre todo, las dos asambleas romanas del sínodo en octubre de 2023 y octubre de 2024 me permitirán sentarme regularmente en la misma mesa redonda que él. Esta cercanía me permite ver su estilo sinodal, marcado por la acogida y la escucha de todos los participantes.

Recuerdo en particular algunos intercambios más personales y también su discurso final para agradecernos: “Yo también, como Papa, necesito escucharos”. Esta humildad profética redefine la primacía desde una perspectiva sinodal. Durante este proceso, de 2021 a 2024, he sido testigo de su paciencia, su confianza en el Espíritu, su cercanía para hacer sentir a cada uno y cada una que es un hermano o una hermana en Cristo, y su llamamiento a llevar juntos la misión de la Iglesia para servir a los hombres y mujeres de este tiempo. Animó profundamente a los laicos y a las mujeres, otorgándoles también mayores responsabilidades en el Vaticano. Nos ayudó a comprender, a lo largo de los sínodos, que la sinodalidad es verdaderamente el camino para la Iglesia del tercer milenio, invitándonos a comprometernos en ella sin temor.

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Hasta el final, quiso estar con su pueblo. Ese Domingo de Pascua de 2025, tuve la gracia de participar en la misa en la plaza de San Pedro. Al final, ya muy debilitado, salió al balcón para darnos su bendición y encontrarse con la multitud en el papamóvil. Al día siguiente, cuando nos llegó la noticia de su muerte, la multitud acudió inmediatamente a la plaza de San Pedro.

Siempre recordaré la procesión de traslado de su cuerpo desde Santa Marta a San Pedro, en la que participé junto a otros detrás de su féretro, con esa multitud que aplaudió espontáneamente en un clima de paz. Llevaba en mi oración a todos los más pobres y los que más sufren de las periferias, hacia quienes él no había dejado de volverse y de hacer que la Iglesia se volviera. Recordé aquella primera tarde del 13 de marzo de 2013: “Comenzamos este camino: el obispo y el pueblo.” Había cumplido su promesa. Había caminado con nosotros y permanecía entre nosotros de otra manera. A través de su rostro, ahora envuelto en la Luz de Dios, vimos inmediatamente el rostro de aquel pueblo tan diverso que había acudido a rezar ante su ataúd.

Luego, para su funeral, toda la humanidad en su diversidad se reunió en esta plaza, manifestando sin palabras esa profunda vocación de la Iglesia que el Sínodo nos había ayudado a profundizar: ser “signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen Gentium, 1). En el dolor de su pérdida, como la de un abuelo en una familia, sentía también una profunda gratitud: nos había dado mucho más que documentos o reformas. Nos había hecho vivir la sinodalidad, en nuestra carne, en nuestras relaciones, en nuestra manera de ser Iglesia. Un año después de su muerte, podemos seguir dando gracias y seguir caminando sin temor con el Papa León XIV por el camino sinodal que él abrió.

[Original en francés]

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© Jesuit.media

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