Un tapiz de epifanías | El Mes Arrupe

Por Martins Emeka Duru, SJ

Desde de la ciudad eterna, donde los susurros ancestrales se funden con los murmullos divinos, yo (con 15 de mis compañeros jesuitas) me embarqué en un viaje espiritual – el Mes Arrupe, a España. El Mes Arrupe, como denota el término, se remonta a 1980 cuando el 28º Superior General de los jesuitas, P. Pedro Arrupe, pidió a todos los Superiores Mayores que proporcionaran “a los escolares (en teología) una experiencia privilegiada de oración, reflexión y dirección, a fin de completar la ‘preparación espiritual adecuada’ (al ministerio presbiteral) exigida por la Congregación General 32. Su finalidad será la de una mayor profundización del compromiso de cada escolar con su vocación, de forma que pueda tomar una decisión definitiva sobre su respuesta a la llamada a la ordenación (presbiteral), con la mayor claridad y libertad posibles.” (Carta “Sobre la preparación para la ordenación”, 27 de diciembre de 1979).

El programa del Mes Arrupe en el Colegio Internacional del Gesù de Roma, colegio fundado por Arrupe en 1968, se estructura en tres fases: la Peregrinación a los lugares ignacianos en España, las Charlas/Compartir en grupo sobre diversos temas – como el sacerdocio ministerial en el mundo de hoy, nuestra identidad jesuita y documentos importantes, Integración afectivo-sexual en el celibato consagrado, La opción sacerdotal de Ignacio y sus compañeros – y por último, el Retiro ignaciano de ocho días.

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Loyola.

Este relato reflexivo destila mis experiencias de los diversos lugares ignacianos, donde la confluencia de historia, espiritualidad y belleza natural crearon el espacio sagrado para esta “adecuada preparación espiritual”. Las peregrinaciones a las vibrantes calles de Barcelona, caminando por la Carrer de Sant Ignasi, la majestuosa arquitectura gótica catalana de Santa María del Mar, donde San Ignacio mendigó el sustento, el sereno paisaje sagrado de Manresa y la Cueva donde Ignacio escribió los Ejercicios Espirituales, las escarpadas montañas y los majestuosos valles de Montserrat, donde entregó su espada a la Virgen Negra y tomó el manto de peregrino, la histórica calle de la famosa batalla de Pamplona, donde la experiencia de la bala de cañón cambió su destino, y finalmente, el momento Kairosde visitar Loyola, el lugar de nacimiento de San Ignacio, transmiten el legado espiritual de San Ignacio y el poder transformador de estos lugares sagrados, donde las fronteras entre el pasado y el presente, el yo y lo Divino, se disuelven.

Estar entre los antiguos muros del Castillo de Loyola fue muy consolador y me invitó a abrazar y profundizar en mis raíces. En este crisol de peregrinación transformadora, el Mes Arrupe se desplegó como un tapiz de epifanías, entretejiendo hilos de fe, intuiciones, asombro, duda y entrega. Cada día, un tambor sagrado resonaba en mi corazón, llamando a los ritmos presbiterales que yacían dormidos, esperando despertar. Y en la quietud, oía la invitación susurrada: “Ven, sigue el camino que se abre ante ti, y deja que el dedo divino trace los contornos de tu alma”.

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Manresa.

Este mes de discernimiento fue para mí una invitación a buscar de nuevo las huellas de lo Divino en mi vocación. Como un río que fluye sin esfuerzo hacia su fuente, me encontré rindiéndome a las suaves corrientes de la contemplación y el discernimiento, siguiendo los pasos de San Ignacio. El susurro de las hojas de la oración, el calor de los fuegos comunales y el majestuoso silencio del examen nocturno despertaron deseos dentro de mí. A medida que los vientos del autodescubrimiento me envolvían, me enfrentaba a mis sombras, abrazando la vulnerabilidad de mi humanidad. Y como el majestuoso Baobab, que resiste las tempestades del tiempo, descubrí la fuerza en mi fragilidad para decir “SÍ” al Señor. Los diversos talleres y la puesta en común en grupo fueron como una percepción “cabeza-corazón” para comprender los documentos clave de la Compañía, las cuestiones emergentes de la fe, el celibato consagrado, la identidad jesuita y la espiritualidad, a la vez que fomentaban una integración de mi crecimiento personal y espiritual con un servicio apostólico eficaz. La pregunta que se me planteaba era: “¿Soy lo suficientemente débil para ser presbítero?”

Los Ejercicios Espirituales de ocho días en Loyola me proporcionaron un espacio sagrado para llevar estas experiencias/preguntas a Dios; para discernir, renovar y responder en libertad. Encontré el poder transformador del amor de Dios, la belleza de la vulnerabilidad y la presencia de la Divinidad en el sacerdocio ministerial. Fue una invitación a profundizar en mi identidad como jesuita, a escuchar la llamada del Rey Eterno y también, un recordatorio de que el presbiterado es un don que debo guardar como un tesoro en una vasija de barro. El Mes Arrupe es una preparación y un testimonio de la capacidad del espíritu humano para el autodescubrimiento, la profundidad, la renovación y la santificación.

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Montserrat.

Al establecer un mes específico de reflexión, discernimiento, y exploración apostólica, Pedro Arrupe demostró un liderazgo profético, guiando a los escolares jesuitas hacia la renovación espiritual, la solidaridad global y la innovación apostólica. Al centrarse en la formación espiritual, Arrupe subrayó la importancia de la profundidad interior y el arraigo en la espiritualidad ignaciana para navegar en un mundo de complejidades cambiantes. Estas reflexiones experienciales mías pueden dar fe de ello. Estoy realmente agradecido.

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Publicado por Communications Office - Editor in Curia Generalizia
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