Rostros humanos en la oscura noche sin hogar

Por Innocent G. Kalulu, SJ | Provincia de África Meridional, JRS-Sudáfrica
[De la publicación “Jesuitas 2025 - La Compañía de Jesús en el mundo”]

Una atenta mirada, humana y compasiva, a la realidad de los inmigrantes sin hogar en Johannesburgo. Y los cuidados que les ofrece el JRS, especialmente a los enfermos.

Una joven pareja sudanesa llega a Johannesburgo, para engrosar el número de los que viven en la calle. Se hace tarde, la primera de muchas frías noches en las aceras, noches que poco a poco pueden convertirse en una forma de vida. ¿Qué seguridad hay en las esquinas? Previsiblemente, son atacados y les roban la nada que tenían. La mujer, madre de dos niños, es apuñalada en el abdomen; necesita ser tratada con urgencia por una hemorragia interna que empeora. El marido debe encontrar comida para los dos pequeños, que heredan la falta de hogar, el hambre y la confusión.

Fíjate en todos los que pasan a su lado: individuos, instituciones, organismos internacionales; ¿encontrará atención esta mujer? ¿A alguien le importan ya las experiencias de los inmigrantes y refugiados? ¿Alguien se siente realmente con ellos?

“Johannesburgo era antes una ciudad limpia, los extranjeros ensucian nuestras calles, orinan en cualquier sitio”, dice una anciana, que lleva su vestido de ir a la iglesia, pulcramente planchado.

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Tales son los aleccionadores encuentros del JRS-Sudáfrica, y seguramente, de otros que se atreven a preocuparse, a soportar la carga. El proyecto sanitario cuenta con bases de datos de solicitantes de asilo y refugiados enfermos que necesitan atención sanitaria primaria. Enfermedades crónicas y cánceres que avanzan, día a día, hasta convertirse en enfermedades terminales por falta de acceso a la atención. Sí, atención: la hospitalidad es un ideal demasiado fuerte, la atención ya es suficientemente cara. Hablamos del coste de la atención en la tierra, no del coste del cuidado o del acompañamiento; no del coste de la dignidad o del reconocimiento; no el coste del servicio; apenas unos fragmentos de atención.

“Hermano, mírame; mi vientre no para de hincharse, no quieren ayudarme. No tengo dinero,” se le abulta el abdomen mientras levanta la mano, “hermano, dime que me estoy muriendo”, dice el rostro humano de una mujer congoleña, derramando lágrimas.

Levantando la mirada hacia los ojos del otro rostro humano en el piso desolado, una mujer ruandesa, totalmente ciega a causa de la diabetes, se enfrenta al desahucio por no pagar el alquiler – una cantidad que los privilegiados se gastan en helados. ¿Alguna vez has prestado atención a los ojos ciegos cuando derraman lágrimas? ¿Qué es lo que no ven que hace que sus lágrimas se desborden? ¿Te quedan lágrimas que derramar con ellos? La visión interior de los ojos ciegos derrama lágrimas, el hambre interior de un abdomen apuñalado derrama sangre, suplicando paz en la tierra.

Los refugiados y solicitantes de asilo lo saben bien. Más allá de la retórica y las mesas redondas donde se teoriza, el mundo los ha abandonado, están solos. Deben sobrevivir, como sea, a veces simplemente “como sea”. No nacieron así, desesperanzados, cautivos, exiliados; “soy viejo, mi vida está dañada; si muero, muero como un pollo”. Alguien tiene que ayudarlos a salir de su situación, escuchar sus historias con dedicada atención.

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Su espera supera a menudo los límites de la paciencia esperanzada, un ensordecedor silencio insultante que se filtra por las puertas cerradas. El silencio atronador: “cuidado con los perros”, “se procesará a los intrusos”, “cuidado con las armas”, “zona protegida”, “¡aviso! alambre de espino” y “¡peligro! valla eléctrica”. El rostro humano, la fraternidad universal, oscurecidos por el hormigón y las barreras sensoriales, la indiferencia nociva.

Sin embargo, hay pequeñas velas, más bien tenues y no muy queridas, que parpadean todavía, sacudiendo la oscura noche de las personas sin hogar. El JRS, otras organizaciones, iglesias e individuos se unen contra el peso de la frustración interna y externa. Ellos necesitan esfuerzos multiplicados, un reconocimiento renovado de sus rostros humanos; rostros tan remotos de lo que habría sido su hogar, pero que no tuvieron más remedio que emprender sus odiseas. Tan lejos, tan tarde en su noche, ¿dónde está nuestra compasión para alimentarlos?

Hay alegría en el rostro humano afirmado: “Oh, ustedes y lo que hace su organización; que Dios les bendiga, estoy muy agradecida”, dice una anciana etíope durante una visita a su domicilio, tras haberse sometido a una intervención ortopédica.

“Veo ‘JRS’ en este coche, solo quiero decir ‘gracias’, esta es la organización que me envió a la escuela”, dice un señor junto al aparcamiento. No pudo reprimir tales palabras, sino que las dejó desbordar, un hombre de paz. “Todos somos un solo pueblo, creo que todos somos un solo pueblo”, dice el rostro humano nigeriano, postrado en cama, pero tan agradecido, y tan sabio.

“Mi hermano, me ha abandonado, pero aún lo quiero”, el mensaje de una mujer con una enfermedad avanzada. “Sin cuidador”, registra la base de datos del JRS, ya que la gente apenas presta atención en un mundo ajetreado y que no ve. Desahuciada varias veces, nadie la quiere como inquilina; puede morir, sus restos serán un incordio. Allí, languidece aún el rostro humano, en la noche oscura y sin hogar.

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Publicado por Communications Office - Editor in Curia Generalizia
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