El sacerdote que pedaleó hacia la muerte: última batalla por la paz del P. Herman Rasschaert

Por Kulwant Minj, SJ | Pontificia Università Gregoriana (PUG), Roma

La elección que lo definió todo

En la mañana del 24 de marzo de 1964, el P. Herman Rasschaert celebró la Misa en su remota parroquia de Kutungia, a 240 kilómetros de Ranchi, en la frontera con Orissa. Sabía lo que estaba sucediendo en la cercana aldea de Gerda. Se había corrido la voz: una turba enfurecida estaba atacando a los musulmanes atrapados en su mezquita. Había muertos.

El jesuita belga de 42 años estaba abocado a una elección. Permanecer a salvo en su parroquia. Dejar que la violencia siguiera su curso. Esperar a que llegara la policía. Al fin y al cabo, era un misionero extranjero: éste ni siquiera era su país, y mucho menos era ésta su lucha.

En cambio, el P. Herman subió a su bicicleta y se acercó a la matanza pedaleando. Lo que sucedió a continuación conmocionaría a una nación, avergonzaría a un gobierno estatal y crearía un mártir cuyo testimonio sigue desafiando hoy en día a un cristianismo confortable.

Un hombre siempre en movimiento

Herman Rasschaert nació en los Países Bajos el 13 de septiembre de 1922. A los 19 años ingresó en el noviciado de la Compañía de Drongen, soñando ya con servir como misionero en la India. Ese sueño se hizo realidad el 6 de agosto de 1947, cuando recibió su nombramiento oficial para la Misión de Ranchi. En diciembre llegó a una tierra muy diferente a cualquier que antes hubiera conocido.

Tras su ordenación en Kurseong el 21 de noviembre de 1953, el P. Herman comenzó un régimen de vida que se convertiría en su patrón permanente: movimiento constante, servicio constante, compromiso constante con retos siempre nuevos. Párroco auxiliar en Khunti. Luego en Torpa. Luego párroco en Karra, donde se ganó los corazones de tal manera que los feligreses se opusieron vehementemente a su traslado.

Pero Herman era “un hombre en movimiento”. Cuando fue destinado a Kutungia en enero de 1961, aterrizó en uno de los lugares más aislados que podamos imaginar. Sin ayudantes. Sin comodidades. Exclusivamente trabajo pastoral, una escuela, una cooperativa de crédito y aldeas dispersas por un terreno difícil. Lo aceptó todo con naturalidad: la soledad, la carga de trabajo, la distancia de cualquier sistema de apoyo. Era como si se estuviera preparando para algo más grande.

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El día en que estalló la violencia

18 de marzo de 1964. Estallaron disturbios comunales en Rourkela, una ciudad industrial cercana situada en el distrito norteño de Sundargarh, en Odisha (India), donde las tensiones religiosas habían permanecido latentes. Lo que comenzó como una retórica acalorada se convirtió rápidamente en un baño de sangre. Las escuelas cerraron. La violencia se extendió como la pólvora a las zonas rurales.

El lunes 23 de marzo, el P. Herman estaba administrando la extremaunción en una aldea lejana cuando le llegó la noticia: los musulmanes se habían refugiado en la mezquita de Gerda y una turba se estaba reuniendo para matarlos. Conocía la geografía. Conocía a la gente. Sabía que cuando llegara la policía, si es que llegaba, sería ya demasiado tarde.

Esa noche debió pasarla debatiéndose ante la decisión. Ir significaba abandonar la seguridad. Significaba tomar parte en la violencia religiosa siendo un forastero, un sacerdote cristiano que defendía a los musulmanes de los atacantes hindúes. Significaba arriesgarlo todo por personas que no eran sus feligreses, ni de su religión, ni siquiera de su país.

Pero el P. Herman había pasado 17 años en la India aprendiendo una verdad fundamental: la fe que no lo arriesga todo no es fe en absoluto.

El último viaje

Martes por la mañana, 24 de marzo de 1964. El P. Herman celebró la Misa, se subió a su bicicleta y partió hacia Gerda. Solo. Desarmado. Pedaleando al encuentro de una turba embriagada de violencia y furia religiosa.

Cuando llegó, la escena era caótica. Hombres empuñando armas. Musulmanes aterrorizados atrapados en el interior. Sangre ya derramada. Ese clímax de violencia que hace imposible la razón. El P. Herman no dudó. Se enfrentó directamente a la multitud: “Matar personas es un pecado grave. Detengan esta locura.”

Durante un breve instante, se hizo el silencio. Quizás la vergüenza se reflejó en algunos rostros. Quizás lo absurdo de la situación –un sacerdote solitario en bicicleta desafiando a hombres armados– provocó una pausa. Entonces voló una piedra. Golpeó la cara del P. Herman con una fuerza repugnante. Cayó de rodillas.

La multitud se abalanzó sobre él. Hasta él descendieron las armas bien afiladas. El P. Herman Rasschaert murió en el acto, asesinado por ser un pacificador, asesinado por elegir la solidaridad en vez de la seguridad. “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Mateo 5:9).

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El cuerpo que encontraron

A la mañana siguiente, 25 de marzo, las Hermanas de Santa Ana de Kutungia, junto con el catequista y los maestros, hicieron un sombrío viaje hasta Gerda para recuperar el cuerpo del P. Herman. Lo que encontraron era espantoso: su rostro estaba gravemente desfigurado, le habían arrancado todos los dientes, lo que daba cuenta de la brutal violencia de sus últimos momentos.

Esa noche, el P. Bossuyt y el P. Joseph Tigga celebraron una Misa fúnebre. Enterraron en el cementerio local al P. Herman, un misionero belga que lo había dado todo por personas que no eran responsabilidad suya.

El ajuste de cuentas de una nación

La muerte del P. Herman conmocionó a Bihar y su entorno lejano. El sacrificio de este sacerdote extranjero –que no tenía ninguna agenda política, ninguna lealtad sectaria, solo la convicción de que la vida humana es sagrada– se convirtió en un espejo que obligó a la gente a enfrentar su propia imagen y ver en qué se había convertido.

El ministro principal de Bihar viajó a Ranchi para reunirse con los líderes de la Iglesia. Sus palabras al arzobispo Pius Kerketta fueron reveladoras: “El P. Herman Rasschaert pasará a la historia como un verdadero mártir de la caridad.”

Un año después, en una ceremonia conmemorativa en Delhi, el Dr. Ashok Mehta pronunció una frase que ha perdurado: “El P. Herman era un hombre de humanidad, un hombre de Dios.” No era un héroe. No era un santo (todavía). Era simplemente un hombre que vivía su humanidad y su divinidad de forma tan plena que, cuando la violencia le amenazaba, no podía hacer otra cosa que enfrentarse a ella.

Lo que realmente significa el martirio

La historia del P. Herman plantea preguntas incómodas a todos los cristianos que dicen seguir a Cristo.

Hablamos de amar a nuestro prójimo. ¿Nos enfrentaríamos a una turba para salvarlo? Celebramos a los pacificadores. ¿Nos interpondríamos entre los asesinos y las víctimas? Profesamos la fe en Jesús. ¿Moriríamos por personas de otra religión, sabiendo que quizá nunca iban a reconocer nuestro sacrificio?

El P. Herman no murió predicando el Evangelio en el sentido convencional. Murió viviéndolo, demostrando que el Reino de Dios no tiene cabida donde se practica la violencia religiosa, que cada vida humana tiene un valor infinito, que el verdadero discipulado tiene un precio superior a todo.

Fue mártir por la fe en Jesucristo, sí, con una fe tan radical que se manifestó en la defensa de los musulmanes frente a los atacantes hindúes, la fe de un sacerdote cristiano de Europa. Rompió todas las confortables fronteras que trazamos en torno a quién merece nuestra protección.

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Un legado en crecimiento

La reputación del P. Herman como mártir sigue creciendo aún hoy. Los fieles dan testimonio de las gracias y favores recibidos por su intercesión. Su testimonio inspira a nuevas generaciones que se enfrentan a la violencia religiosa, al sectarismo y a la pregunta sobre qué exige el cristianismo en una sociedad pluralista.

La Compañía de Jesús ha iniciado el proceso de su beatificación y canonización. Lleva el título de “Siervo de Dios”, en reconocimiento de que su vida y su muerte encarnaron la santidad en acción. Si el proceso continúa, y muchos creen que así será, el P. Herman Rasschaert se convertirá en santo, un mártir cuya festividad nos recordará que la construcción de la paz no es algo pasivo ni seguro, que, para los cristianos, la solidaridad interreligiosa no es opcional, que el Evangelio exige a veces subir a una bicicleta y pedalear saliendo al encuentro de la violencia, porque hay personas que están muriendo y alguien tiene que intentar detenerla.

El fuego que encendió sigue ardiendo

En un mundo cada vez más desgarrado por conflictos religiosos, por rivalidades étnicas y odio tribal, el sacrificio del P. Herman habla con urgencia profética. Demostró que el cristianismo en su forma más auténtica se centra radicalmente en los demás, y está dispuesto a sacrificarse por el prójimo independientemente de su religión, nacionalidad o tribu.

Su martirio interpela a la Iglesia de hoy: ¿Estamos dispuestos a arriesgar nuestra comodidad, nuestra seguridad, nuestras vidas por la paz? ¿O practicamos una fe domesticada que bendice a nuestra tribu y demoniza a los demás?

El 24 de marzo de 1964, un jesuita belga en bicicleta respondió a esas preguntas de manera definitiva. Se dirigió hacia la muerte porque había gente muriendo y la fe le exigía que hiciera un intento por salvarlos. Eso no es sólo martirio. Es el Evangelio hecho carne. Es lo que ocurre cuando alguien se toma a Jesús tan en serio que está dispuesto a perderlo todo.

El P. Herman Rasschaert era un hombre humano, un hombre de Dios. Que su testimonio fortalezca nuestra fe, profundice nuestro valor y nos recuerde que seguir a Cristo nunca es seguro.

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Publicado por Communications Office - Editor in Curia Generalizia
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