Antonio Spadaro, SJ

Papa Francisco: in memoriam

Mis viajes con el papa Francisco

Antonio Spadaro, SJ

Estábamos en Corea, en agosto de 2014. Hacía un momento que acababa de comentar en directo para la Rai la Misa de clausura de la Jornada de la Juventud Asiática, en el castillo de Haemi, cuando Alberto Gasbarri se me acercó y me dijo: “En cuanto termines, sube al helicóptero que te está esperando”. No me explicó adónde, ni por qué. Subí. Una vez en el aire, descubrí que volábamos hacia la Universidad Sogang de Seúl, la universidad de los jesuitas. Al aterrizar, corrimos hacia la comunidad religiosa. Allí encontré a Francisco, que ya había empezado a hablar, rodeado de un grupo de compañeros. Hablaba en español, traducido al coreano. Me quedé quieto, impresionado. Instintivamente saqué mi iPhone y empecé a grabar. Aún no sabía que ese gesto improvisado daría inicio a diez años de conversaciones recopiladas al margen de los viajes apostólicos, material que se convertiría en el libro Sé tierno, sé valiente.

De aquel primer encuentro no existe una transcripción completa. Pero de la grabación parcial emergía una palabra que el Papa tenía especialmente en el corazón: “consolación”. No un concepto teológico abstracto, sino algo que él describía como un movimiento del alma, la presencia de Dios que se hace sentir en el corazón. Era el tono con el que Francisco hablaba a sus hermanos lo que me sorprendía: nada solemne, nada preparado. Un hombre que razonaba en voz alta, que se dejaba provocar por las preguntas, que respondía partiendo siempre de una experiencia concreta. La belleza de esos momentos residía en el hecho de que yo no era solo un observador: viajar con él significaba ver el mundo desde su punto de vista, intercambiar opiniones durante el viaje, presenciar el nacimiento de sus reflexiones antes de que se convirtieran en discursos, en actos, en magisterio.

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Cuando entraba en una sala llena de jesuitas –lo he visto en Cracovia, en Cartagena, en Dublín, en Bangkok, en Budapest, en cualquier parte del mundo– nunca se situaba en la cátedra. Se sentaba, miraba a los ojos a los presentes uno por uno y esperaba. A veces era él mismo quien pedía: “Hacedme preguntas, es mejor: ¡la pelota al centro!” Era una frase que le oí repetir de diversas formas.

Una vez se enfadó abiertamente porque los jesuitas no tenían ninguna pregunta que hacerle y esperaban un discurso al que responder con otro ya preparado. Allí rompió los esquemas y permaneció en silencio hasta que los jesuitas comenzaron a hacerle preguntas.

Su forma de dialogar tenía una gramática propia, que aprendí a descifrar viaje tras viaje. Francisco no producía razonamientos lineales de comunicado de prensa. Sus palabras necesitaban un análisis casi poético: avanzaban por imágenes, por historias, por saltos repentinos de lo particular a lo universal. Un episodio de cuando era Provincial en Buenos Aires se relacionaba sin previo aviso con el destino de la Iglesia en Asia. Una niña filipina que lloraba se convertía en la clave para comprender el sentido de la compasión cristiana. Esta oralidad era su verdadera doctrina – el gran filósofo Giovanni Reale, experto en Platón, me lo dijo una vez hablando precisamente de Francisco y de su “doctrina no escrita”. En las conversaciones con los jesuitas, por otra parte, compartía sus primeras impresiones del viaje: lo que había visto desde el papamóvil, los rostros con los que se había cruzado por la calle, las emociones aún frescas del aterrizaje. Eran conversaciones espontáneas, sin filtros, y por eso tenían un valor único.

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Luego había un ritual que se repetía a cada llegada. Cuando el avión aterrizaba y Francisco bajaba la escalera, el primer discurso que pronunciaba ante las autoridades del país era invariablemente una invitación a poner a los católicos al servicio del bien común. Nunca hablaba de la Iglesia como de una isla separada: insistía en que todos –creyentes y no creyentes, cristianos y seguidores de otras religiones– debían construir juntos lo que a él le gustaba llamar “amistad social”. Era una palabra que repetía en cada viaje, desde Brasil hasta Mongolia: la idea de que la fe no era un recinto sino un puente, y que la tarea de los cristianos era ante todo contribuir a la vida civil, a la justicia, a la fraternidad concreta entre los pueblos.

Pero había otra cosa que anoté en mis notas de a bordo: su capacidad para dejarse transformar por los acontecimientos. En cada viaje, las situaciones concretas modificaban el contenido de su mensaje. Lo comprobé en Tacloban, en Filipinas, donde el Papa quiso permanecer bajo una lluvia torrencial junto a las personas que lo habían perdido todo en el tifón Yolanda. El viento era tan fuerte que derribó un andamio, matando a una joven voluntaria de veintisiete años justo cuando el avión papal despegaba. El silencio que se hizo tras esa noticia –un silencio agitado por el estruendo de la tormenta– aún lo llevo conmigo. El Papa la recordó en sus oraciones en varias ocasiones, se reunió con su padre en la Nunciatura. No fue un gesto institucional: fue el dolor de un hombre que se había encontrado dentro de la tragedia, no por encima de ella.

Y luego estaba Bangui, en la República Centroafricana, en pleno corazón de una guerra. A los periodistas que volaban con él y le preguntaban si era prudente este viaje, Francisco respondía con bromas que ocultaban una determinación absoluta: “Si no queréis aterrizar allí, ¡dadme un paracaídas!”, o bien: “No temo a las balas, sino a los mosquitos”. Cada metro recorrido por el Papa en esa ciudad estaba escoltado por gente en ánimo de fiesta, jóvenes en motos con tres o cuatro personas a bordo, polvo levantado por la comitiva en las calles sin asfaltar. En ese contexto, decidió inaugurar el Año Santo de la Misericordia, no en Roma, sino allí, definiendo a Bangui como “capital espiritual del mundo”. La frase no era retórica. Era la traducción en palabras de una elección física: situar su propio cuerpo en el punto más frágil del planeta. Y también allí lo vi asomarse desde el papamóvil, extender las manos hacia los niños que corrían junto a la comitiva, buscar sus ojos, uno a uno.

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Observé el mismo patrón en Ciudad Juárez, en la frontera con Estados Unidos: el altar papal estaba a ochenta metros de la frontera, la gente apiñada tras la reja divisoria para escuchar la misa. El muro se convertía en un puente simbólicamente superado. En Mosul, entre los escombros. En Sarajevo, donde las paredes aún llevan las marcas de las balas. El Papa viajaba para tocar las heridas, y esto no era una metáfora. Vi sus manos posarse sobre muros acribillados, sobre rostros marcados, sobre niños que no tenían palabras para contar lo que habían vivido. Indescriptibles las sensaciones que se vivieron en Irak, cuando Francisco rezó precisamente sobre los escombros de Mosul, que había sido la ciudad central del ISIS, y en Qaraqosh, en la iglesia recién reconstruida tras haber sido destruida a manos de los terroristas. La alegría que vi era incontenible.

Ante la gente, su mirada era siempre personal, y no dirigida hacia arriba, como quien intenta abarcar a una multitud: miraba de reojo porque quería ver a las personas individuales. Los rostros, aunque fueran pocos, pero no la masa. Una vez me lo confesó: “Es algo que me sale de forma espontánea”. Y, de hecho, así era. Se le veía inclinarse físicamente hacia la gente, asomarse para tocar una mano, acariciar un rostro, buscar la mirada de quien tenía delante. No era un gesto estudiado: era el reflejo de un hombre para quien la cercanía no era un principio teológico, sino un instinto.

En las conversaciones con los jesuitas, esta fisicidad se traducía en una franqueza que no conocía la diplomacia. En Polonia, un joven sacerdote recién ordenado le pidió consejo para el futuro. Francisco respondió: “El futuro es de Dios. Lo máximo que podemos hacer son los futuros posibles. ¡Y los futuros posibles son todos del mal espíritu!” No era cinismo: era el realismo de quien sabía que la vida se vive en el presente, no en las proyecciones. En Colombia, cuando le hablaban de la crisis moral, él lo llevaba todo a lo concreto: la teología de Jesús partía de una semillita, de una parábola, de un hecho cotidiano. En Hungría, cuando le preguntaron por la guerra, dijo que era un error pensar en ella como una película de vaqueros con buenos y malos.

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Hay un momento que me impactó especialmente, en Filipinas, durante el encuentro con los jóvenes en Manila. Glyzelle Iris Palomar, una niña de doce años rescatada de la calle, comenzó a contarle su historia al Papa y rompió a llorar, sin poder seguir hablando. Francisco dejó a un lado el discurso preparado. Dijo: “Nos has dicho lo único que no tiene respuesta y que ni siquiera se puede expresar con palabras, solo con lágrimas. Aprendamos a llorar.” Luego añadió que la compasión que cuenta no es la mundana, aquella que como mucho te lleva a meter la mano en la cartera. La verdadera compasión era la de Cristo, que comprendió nuestros dramas solo cuando fue capaz de llorar. En ese momento Francisco no miraba a la multitud: la miraba a ella, solo a ella, con los ojos a la altura de los suyos.

El Bergoglio que no amaba viajar, una vez elegido Papa cambió de rumbo. Él mismo lo dijo: había percibido que su ministerio le pedía que se pusiera en camino y recorriera el mundo. En un itinerario que nunca fue un viaje de representación. Cada vez que su avión aterrizaba, se convertía en un hombre que bajaba dispuesto a dejarse transformar por lo que encontrara. Esto es lo que he intentado anotar en mi diario de a bordo, vuelo tras vuelo, conversación tras conversación: no tanto las palabras del Papa, como la forma en que esas palabras nacían – del encuentro con un rostro, del silencio tras una tragedia, del llanto de una niña, del polvo de una calle. Francisco nunca rechazó una pregunta. Durante el vuelo estaba disponible para las preguntas de los periodistas. Respondía improvisando, sin saber de antemano cuáles iban a ser.

Pero, sobre todo, nunca se negó a dejarse conmover por la realidad. Y quizá sea ésta la lección más íntima de todos esos viajes: que la fe, como el viaje, no es un destino, sino una forma de estar en camino. Ahora que ya no está, esas notas de a bordo pesan de otra manera en mis manos. Son el rastro de un hombre que ha recorrido el mundo para encontrarse con él, para dejarse herir por él.Y paracurar sus heridas.

[Original en italiano]

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