Cardenal Michael Czerny, SJ

Papa Francisco: in memoriam

Con gratitud, Papa Francisco en el primer aniversario de su fallecimiento

Cardenal Michael Czerny SJ | Prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral

Hace exactamente un año, el Lunes de Pascua (conocido en Italia como el Lunes del Ángel), el mundo recibió la triste noticia del fallecimiento del Papa Francisco. La consternación inicial dio paso a una profunda sensación de pérdida que, gradualmente, se transformó en gratitud. El día anterior, había impartido la bendición pascual de forma casi inaudible desde el balcón de la Basílica de San Pedro y, a bordo del papamóvil, había recorrido la Plaza por última vez para bendecir a los fieles. Apenas unas horas después, aquel pastor “¡con olor a oveja!”, ya no estaba. Fue una despedida al estilo “Bergogliano”, pues él era, ante todo, un pastor.

Ahora, al cumplirse un año de su partida, los recuerdos resurgen con fuerza. Como sacerdote, jesuita, cardenal y Prefecto de un Dicasterio de la Curia Romana, doy gracias por él y por todo lo que compartimos, tanto de forma explícita como implícita, tanto de palabra como en silencio, afrontando juntos numerosos desafíos.

Desde el inicio de su pontificado, Francisco anhelaba una Iglesia “en salida”, es decir, una Iglesia que hiciera todo lo posible por salir al encuentro de las personas para abrazarlas y acompañarlas, sin esperar a que se le acercaran. Su deseo era que la Iglesia se esforzara constantemente por ser acogedora, como un padre y un amigo, prestando especial atención a los más pequeños, a los vulnerables y a los olvidados. En su opinión, quienes trabajaban a su lado debían inspirarse en estos principios, a semejanza de Cristo.

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© Vatican Media

Mi primera colaboración más directa con el Papa Francisco consistió en ayudar, de manera discreta, a organizar diversos encuentros de Movimientos Populares celebrados en Roma, en Bolivia, y otra vez en Roma. Posteriormente, llegó una “misión” mucho más importante: contribuir a la finalización de la nueva encíclica Laudato si’ y organizar su presentación para mediados de 2015. Transcurrido un año y medio, Francisco me encargó, junto con otro sacerdote, de establecer, dentro del Dicasterio, la nueva Sección Migrantes y Refugiados (M&R), que él mismo dirigió hasta el final.

La Sección M&R se centraba en la persona, sin excluir a nadie, y hacía todo lo posible por acoger, proteger, promover e integrar a todos los recién llegados, especialmente a quienes se veían obligados a huir. Con Francisco, no se hablaba de migración, sino de migrantes: hombres, mujeres y niños de carne y hueso, cada uno con su propio bagaje de historias, heridas y esperanzas.

Es probable que la determinación de Francisco de establecer esta Sección haya sido influenciada por su primer y dramático viaje como Papa en julio de 2013, menos de cuatro meses después de su elección. En la isla de Lampedusa, hizo suyo el dolor de los supervivientes de travesías arriesgadas por desiertos, montañas y mares, y se unió al duelo por aquellos que no habían logrado llegar con vida. Sufrió mucho durante ese viaje. Un símbolo de este sufrimiento es el chaleco salvavidas de color naranja que le entregó, en una audiencia, un rescatista que no había logrado salvar a una niña que se estaba ahogando en el mar. Francisco, a su vez, se lo entregó a la recién creada Sección Migrantes y Refugiados con estas palabras: “Esta es vuestra misión”. Más tarde apoyó la instalación de la escultura de Timothy Schmalz, titulada “Angels Unawares” (Ángeles sin saberlo), en la Plaza de San Pedro. Esta obra representa a la familia humana como una comunidad de migrantes de todas las épocas y lugares.

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© Jesuit.media

En 2022, me confió mi actual cargo de Prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral. Junto con los demás Superiores de los Dicasterios, nos comprometemos a abordar los numerosos desafíos urgentes de nuestra época, la mayoría de los cuales constituyen violaciones flagrantes de la dignidad y los derechos humanos, tales como la pobreza, la injusticia, la violencia y la guerra, el hambre y las enfermedades, la degradación medioambiental, etc. Este “etc.” incluye tantos obstáculos para el desarrollo humano integral de todos. El corazón de Francisco, al igual que el de Jesús, siempre se volcaba con los más necesitados. Nunca guardó distancias.

Escucha, camino, atención, perdón, alegría y servicio: estas fueron las palabras clave de su magisterio, un magisterio orientado a la renovación. Francisco no temía al cambio, sino que lo promovió enérgicamente a la luz del mandato que le encomendaron sus hermanos cardenales cuando lo eligieron para suceder al Papa Benedicto XVI. Así, nos exhortó con gran insistencia a enfrentarnos con valentía a los desafíos que se nos presentaban. Rechazaba el inmovilismo del “siempre se ha hecho así” y encarnaba este compromiso con la renovación para la misión en la reforma de la Curia Romana.

En 2022, con la promulgación de la nueva constitución Praedicate Evangelium (PE), el Papa Francisco llevó a cabo una profunda transformación evangélica, teológica, estructural, cultural y espiritual, con la intención de que todas las entidades de la Santa Sede fueran más misioneras, más eficaces y eficientes.

Previamente, creó el Dicasterio que ahora dirijo y, en 2016, mediante la Carta Apostólica Humanam Progressionem, llevó a cabo la fusión de cuatro Pontificios Consejos que compartían un elemento fundamental en común: el bien de la persona humana. Así, los anteriores Pontificios Consejos para la Justicia y la Paz, para la Pastoral de los Migrantes e Itinerantes, para la Pastoral de los Agentes Sanitarios y Cor Unum, dedicado a la respuesta humanitaria, se integraron para constituir un único Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral.

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© DSSUI - Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral

Ahora, con Praedicate Evangelium, el Papa Francisco ha dotado a la Curia de un papel más evangélico y misionero: estar siempre al servicio del Sucesor de Pedro, así como de los sucesores de los Apóstoles, es decir, de los obispos y de todas las Iglesias particulares. La evangelización, la conversión misionera y la sinodalidad son las principales orientaciones de PE y sintetizan gran parte de su magisterio.

Sin embargo, esta orientación, por singular y llamativa que pudiera parecer, distaba mucho de ser una creación ex novo. Más bien, el Papa Francisco siempre aplicó el Concilio Vaticano II. Todo su pontificado debe interpretarse desde una perspectiva posconciliar, tanto dentro como fuera de los muros del Vaticano. Esto incluye sus llamamientos a la colegialidad y sus invitaciones a la sinodalidad como formas preferentes para la vida de la Iglesia que avanza en la historia, recordando siempre que todo cristiano es un discípulo misionero y que, por lo tanto, la participación de cada individuo es indispensable.

El Papa Francisco deseaba que el pueblo de Dios se convirtiera en protagonista de la misión de la Iglesia, por lo que convocó un Sínodo plurianual sobre la sinodalidad. El primer paso de este proceso consiste en escuchar todas las vocaciones dentro de la Iglesia: clero, consagrados y laicos. Esta escucha ayuda a la Iglesia a reconocer y abordar los retos del presente, tal y como los vive a diario el pueblo de Dios. Esta visión parte de la base, que Francisco sitúa en la cima mediante su imagen de la pirámide invertida, y llega hasta el propio Papa. En nuestra Iglesia jerárquica, quienes ostentan la autoridad se hallan al servicio de todos, especialmente de los más pequeños. Así, la pirámide invertida simboliza una Iglesia sinodal. Francisco nos recuerda que aquellos que ejercen la autoridad se denominan “ministros” porque están al servicio de todos, lo cual concuerda con un título tradicional del sucesor de Pedro, “servus servorum Dei”, que se traduce como el “siervo de los siervos de Dios”.

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© DSSUI - Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral

En consonancia con lo anterior, nuestro Dicasterio inicia su servicio escuchando, a través del Obispo y sus colaboradores, “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren” (Gaudium et spes, 1). En respuesta, ayudamos, en la medida de lo posible, a profundizar en la comprensión de este clamor de los pobres y de la Tierra, y proponemos estrategias concretas para que la Iglesia local pueda acompañar pastoralmente a su pueblo para superar los obstáculos que se interponen en su desarrollo humano integral.

En sintonía con las enseñanzas del Concilio, el Papa Francisco procuró siempre leer los “signos de los tiempos”. Entre ellos, destacan el papel de la mujer, la lucha contra toda forma de abuso, la superación del clericalismo, el apoyo a los movimientos populares, el respaldo a la misión digital y, más recientemente, el reto que supone la inteligencia artificial. Estos son solo algunos de los muchos signos concretos de su magisterio, que se ha manifestado a través de palabras, gestos y obras.

Estoy convencido de que Francisco ha logrado ser el Papa de todos. Como jesuita, veo que la espiritualidad ignaciana impregna su pontificado, desde su forma de buscar a Dios en todas las cosas hasta su manera de gobernar con discernimiento e invocar la Misericordia de Dios en cada ocasión. Acuñó el término inglés “mercifying” para describir la actitud y la acción constantes de Dios hacia nosotros y, en 2015, proclamó el Jubileo Extraordinario de la Misericordia con el propósito específico de abrir de par en par las puertas de la Iglesia para que todos, incluso los que se sienten más alejados, pudieran descubrir a un Dios amoroso y paternal que “nunca se cansa de perdonar”, como repetía constantemente Francisco.

En el primer aniversario de su regreso al Padre, el magisterio del Papa Francisco sigue vivo en el Papa León XIV, quien recuerda constantemente a su “amado predecesor”. Estoy profundamente agradecido por la enorme confianza que el Papa Francisco depositó en mí, por su gran ejemplo de libertad interior, por el sentido del humor que compartimos y por haber vivido tan plenamente el espíritu misionero ilimitado de Jesús (y de san Ignacio): “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Marcos 16,15).

[Original en inglés]

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© Lorenzo Moscia

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