Aprender a maravillarse: el verano de un jesuita en el Observatorio Vaticano
Por Sean van Staden, SJ
Soy uno de los que han participado en la Escuela de Verano del Observatorio Vaticano en Castel Gandolfo durante este último mes de junio. Ha sido una experiencia que me ha llenado de asombro, de confusión, de amistad y de alegría.
Lo más destacado de la escuela ha sido aprender astronomía de vanguardia, la visita a varios lugares de Italia (Subiaco, Tívoli, Florencia y Ostia), trabar amistad con profesores, estudiantes y jesuitas del Observatorio Vaticano, y tener la oportunidad de conocer al Papa en una audiencia.
Este año la escuela tenía como tema el análisis de los resultados y la capacidad del James Webb Space Telescope (JWST – telescopio espacial James Webb). Increíble telescopio que se encuentra a 1,5 millones de kilómetros de la Tierra y es capaz de detectar la luz de algunas de las primeras galaxias que se formaron hace más de 13.000 millones de años. Ayuda a estudiar los planetas que orbitan alrededor de nuestras estrellas vecinas, proporciona nuevos conocimientos sobre nuestro propio sistema solar y está ayudando a los astrónomos a comprender mejor tanto la formación como la muerte de las estrellas.
El JWST es fruto de casi tres décadas de planificación y colaboración entre científicos e ingenieros de todo el mundo, y es una prueba de lo que puede suceder si dejamos fluir a nuestra curiosidad y nuestra creatividad y nos decidimos a trabajar unidos.
Ver cómo el profesorado de la escuela presentaba los resultados obtenidos con el JWST me ha llenado de asombro. Las imágenes no solo eran hermosas, sino que tenían una enorme calidad científica. No puedo evitar repetir “guau” una y otra vez, impresionado por la precisión, el cuidado y la creatividad de los científicos. El Papa León durante la audiencia nos decía: “En nuestros días, ¿no nos llenan también de asombro, y de una alegría realmente misteriosa, las imágenes del James Webb, cuando contemplamos su belleza sublime?”
Pero, al ser mi formación científica más en ingeniería que en astronomía, más de una vez me ha costado seguir el ritmo. He tenido que dedicar tiempo de clase y de mi espacio libre a buscar en Google términos y acrónimos desconocidos. A veces, durante una presentación, he tenido que aceptar que no tenía ni idea de lo que estaba pasando. He tenido que aprender a aceptar que me sentía confundido. He tenido que aprender a dejar de lado mi amor propio y decir: “No lo entiendo, ¿podrías explicarme este concepto, este experimento, este resultado?”
Afortunadamente, los astrónomos son gente que vive su campo con pasión. Casi todos ellos eligieron un día la astronomía porque amaban explorar el universo. Por eso se han sentido más que felices de responder a mis preguntas, incluso las más básicas y tontas.
A menudo pensamos que la ciencia es cosa de genios solitarios encerrados en sus laboratorios. En realidad, la ciencia se hace en comunidad. Las ideas se discuten tomando un café y los experimentos se planifican durante una visita a la heladería. Los buenos procesos y los resultados científicos se perfeccionan mediante la conversación y el debate. No hay ciencia sin compañerismo.
Una de mis grandes alegrías ha sido hacer amigos entre los participantes de la Escuela de Verano. Llegamos de todos los continentes y desde muy diversas culturas y distintos orígenes. Hemos tenido la alegría de compartir entre nosotros nuestras culturas, comidas, idiomas e historias. Hemos vivido juntos muchos ratos de conversación profunda y también de risa.
El Papa León subrayaba también este aspecto comunitario de la ciencia al decir: “Pensad en todas las personas que durante los últimos treinta años han trabajado para construir el telescopio espacial y sus instrumentos, y en los que han trabajado para desarrollar las ideas científicas que, con su ayuda, se pretendía poner a prueba... Habéis podido apreciar y participar en esta empresa magnífica gracias, también, al apoyo de vuestras familias y de tantos amigos.”
La ciencia no está desconectada de la sociedad ni de la cultura. La Iglesia comenzó a implicarse en la astronomía con la petición del Papa Gregorio XIII a los jesuitas de que ayudaran a perfeccionar el calendario de la Iglesia y cuando ellos respondieron haciendo cuidadosas observaciones del sol y las estrellas. Ha habido observatorios astronómicos dentro del Vaticano y en lo alto de la iglesia de San Ignacio en Roma. Dos son los telescopios que existen todavía hoy en el palacio papal de Castel Gandolfo. Se me han abierto los ojos a la estrecha conexión entre ciencia, arte, la Iglesia y la realidad práctica de la vida de las personas.
Ha sido un consuelo para mí vivir, durante la escuela de verano, en la comunidad de jesuitas del Observatorio Vaticano. He compartido mi experiencia de ser estudiante jesuita en la escuela de verano con el padre Rojas Thomas, de la Provincia de Kerala. La comunidad de sacerdotes y hermanos jesuitas, junto a dos sacerdotes diocesanos, está profundamente comprometida con la misión del Observatorio de mostrar al mundo y a la Iglesia que ciencia y fe no son cosas reñidas entre sí. Viven su misión con fidelidad entre sus compañeros científicos, e invierten mucho en construir relaciones y fomentar la creatividad y la colaboración en su campo. En su Eucaristía de todas las tardes oran por sus alumnos y sus compañeros científicos. A través de su asombro, su alegría y su amistad, dan testimonio del Reino de Dios en medio de la comunidad científica.
Ahora que la escuela llega a su fin y me preparo para comenzar el mes que viene mis estudios de Teología en el Hekima College (Kenia), dedico un momento para reflexionar con gratitud sobre mi experiencia en esta Escuela de Verano. Estoy muy agradecido por el don del asombro y la confusión ante el increíble trabajo de los científicos e ingenieros del JWST, y agradezco el don y la alegría de tantas amistades como he anudado en el tiempo que duró la escuela.







