Los silencios del Viernes Santo

Por James Hanvey, Secretario para el Servicio de la Fe

el Viernes Santo es un día extraño para la mayoría de los cristianos. Es un día de contrastes. Mientras la Iglesia celebra la solemne liturgia de la crucifixión, pasión y muerte de Cristo, el resto del mundo prosigue sus quehaceres habituales, ajeno a lo que ocurre. Ajeno a lo que ha ocurrido; indiferente ante la extraordinaria afirmación cristiana de que en la cruz Jesús, un judío, ha sacrificado su vida por la salvación del mundo. Y cuando no indiferente, escéptico u hostil a la escandalosa y absurda afirmación de que Jesús era el Hijo de Dios y de que, en cierto modo, Dios ha sido crucificado. Se elija una u otra interpretación de la muerte de Jesús, queda muy claro que no se trata una ficción. Los relatos del Nuevo Testamento, aunque difieran en algunos detalles –como son diferentes los testimonios de cualquier acontecimiento–, coinciden notablemente en lo esencial. Cada detalle en sus distintas versiones tiene su significado. Nos muestran que, por más violento, vejatorio y degradante que fuera el proceso de la crucifixión, Jesús creía estar cumpliendo la voluntad de Dios. En esos momentos vivía, de manera impresionante y dramática, la oración que un día enseñó a sus discípulos: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu Reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo...”.

Como los espectadores de entonces, quizá también nosotros nos sentimos confundidos y traicionados, conmovidos e impotentes ante este hombre torturado y crucificado que, pocos días antes, entraba en Jerusalén investido de los símbolos de Mesías, y anunciaba a Israel, y a las naciones del mundo, una nueva era de paz y el reino de Dios. Aquel Jesús de Nazaret, que sanaba a los enfermos y defendía a pobres y desvalidos, se encuentra ahora expuesto y sin defensa alguna. El proceso entero de la crucifixión ha sido un acto consciente del Estado –del Imperio romano– para exhibir su total dominio sobre todo aquel que signifique una amenaza y haya sido sentenciado reo. Un proceso pensado para destrozar un cuerpo humano con el máximo dolor y la peor tortura, para quebrantar la fe de la persona y eliminar la pertenencia a su grupo. El hecho de que el cuerpo de la víctima pudiera ser enterrado con normalidad significaba que quedaba definitivamente apartado de su familia y su comunidad, sin posibilidad de que su memoria fuese horada, condenado a la más abyecta desesperanza y al total exilio. Estemos donde estemos, nos importe o no el “Viernes Santo”, es imposible no reconocer que presenciamos algo más que un hecho histórico. Es algo que se repite época tras época. En nuestros días, sea cual sea la forma moderna que adopte y los instrumentos que utilice - primitivos o de alta tecnología - la tortura y la humillación que supone el espectáculo de la crucifixión tienen el mismo propósito: mostrar el poder absoluto –sagrado o secular– que el Estado ejerce sobre el ser humano, sobre su cuerpo, su alma y su memoria. La memoria cristiana mantiene esta brutalidad ante nuestra vista de manera permanente porque es aquí donde nos enfrentamos a nuestros dioses y a nuestros ídolos. Es aquí donde nos encontramos ante el escándalo radical de Cristo y del Dios cristiano.

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Como si todo esto no fuera suficiente para desconcertarnos, un extraño silencio envuelve este día. No es el silencio obvio que acompaña a toda muerte; es un silencio más profundo el que nos atrapa. La liturgia lo subraya cuando, tras la lectura de la Pasión y la simple acción de distribuir la comunión, hace cesar la música, deja el sagrario queda vacío y el altar desnudo. Todo ello produce una sensación de “fin”, de “conclusión”, pero en el fondo, en el silencio acecha la pregunta sobre la ausencia misma. El Viernes Santo pone de manifiesto le precariedad de la fe, aun de la más firme. Una vez que todas las ceremonias han terminado y las velas se han apagado en realidad solo queda oscuridad y vacío –quizás, solo quizás– “mi único compañero es la oscuridad” (Sal. 143; Sal. 88; Job 7).

Lo que resulta impactante y perturbador en los relatos de la crucifixión, pasión y muerte de Cristo es cómo se refugia en el silencio. A partir de su detención seguida del juicio, pasando por su tortura y humillación, hasta culminar la agonía en la cruz, Jesús se va adentrando progresivamente en un profundo silencio. Al principio, sus respuestas a quienes lo acusan no son tanto una defensa personal o una justificación, cuanto un poner de manifiesto los motivos que tienen para desear su muerte. Conocemos por experiencia que el dolor extremo, cuando nos esforzamos por soportarlo, nos concentra en cuerpo y alma sobre un pequeño e intenso punto; exige toda nuestra fuerza mental, física y espiritual. Quizá un grito o un lamento logren proporcionar un momento transitorio de liberación, pero cuando se trata de un dolor muy intenso a lo que da lugar es al silencio. El dolor absorbe nuestras facultades y agota nuestros recursos. El silencio se hace más profundo y el mundo se vuelve lejano a medida que la angustia absorbe por completo nuestra atención. Los relatos son testigos fieles que muestran cómo solo en unos pocos y limitados momentos se libera Jesús para cuidar de su madre y reconocer a las pocas mujeres que están allí. Después, finalmente, desde lo más profundo de su propia alma, entra en el silencio absoluto de la muerte. No es simplemente la aceptación de lo inevitable, sino la entrega, en cuerpo y alma, al silencio de Dios.

Pero he aquí el otro silencio contra el cual y en el cual se desarrolla todo el horror del sufrimiento y la muerte de Jesús. El silencio del Padre. El Padre guarda silenciodesde Getsemaní; parece que la oración de Jesús no haya sido escuchada y que su clamor no haya recibido respuesta. Es un silencio en el que se pone en juego también nuestra propia fe. Todo lo que Jesús ha hecho y dicho, sus milagros, las esperanzas que la gente había depositado en él, muy especialmente los pobres y los indefensos, han quedado en entredicho. Al final, parece que son los que ostentan el poder en el mundo los que han vuelto a triunfar una vez más. ¿Cómo puede ser que el Padre permanezca en silencio? –se lo están preguntando hasta los que se burlan de él en el pretorio y en la cruz–. Jesús queda, a fin de cuentas, como un iluso, abandonado por aquel mismo Dios/dios que pretendía revelar. Los “poderes y principados” de tiempos de Jesús, al igual que los “poderes y principados” de todos los tiempos, se sienten justificados, por muy mudables y transitorios que resulten ser sus propios poderes. El Viernes Santo hace siempre presente el escándalo de la cruz, el escándalo de la fe en Jesucristo. El grito de Jesús “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” se hace presente siempre en las víctimas de la violencia, adopte ésta la forma que sea; los que viven temiendo haber sido abandonados por Dios o se preguntan qué sentido tiene la fe en un Dios crucificado. ¿Será verdad que, finalmente, en el Calvario quedó extinguida la revelación del Sinaí?

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No podemos eludir los silencios del Viernes Santo. Hacen que la fe cristiana tome honesta conciencia de su propia precariedad. Precisamente esa verdad la convierte en una fe genuina. Porque los silencios no se pueden disimular con argumentos inteligentes, ni con explicaciones o sistemas filosóficos y psicológicos. Los silencios mantienen la fe desnuda, humilde y real. La abren al dolor y al sufrimiento del mundo, al horror de un poder que, en su banalidad, se constituye en ley. En los silencios del Viernes Santo, llegamos a comprender que la fe solo puede ser la fe de Cristo: una entrega en amor y confianza al Padre. No da respuestas ni trivializa el escándalo moral, intelectual y espiritual, pero se niega a renunciar a Dios. Se niega a convertir a “Dios”, a “eso”, en una especie de amuleto, un objeto que consuela en la oscuridad. Hacerlo no sería sino un ateísmo maquillado que disimula el silencioso nihilismo que invade nuestro espíritu. Esta fe pobre pero extrañamente invencible espera en el silencio a que el Padre actúe.

Aunque los evangelios de Marcos y Mateo ponen en labios de Jesús que pende de la cruz las palabras del salmo 22, este salmo no es sino una profunda profesión de fe que se niega a abandonar a Dios. Son los silencios los que mantienen abierto un espacio para Dios, para un Dios personal; son una exigencia que se dirige a Dios, una negativa a aceptar que su silencio sea una ausencia. La entrega de Jesús al silencio del Padre es exigir que éste actúe. El silencio del Padre no es indiferencia ante el sufrimiento, sino que sitúa al sufrimiento en pleno escenario de la historia, donde es imposible que pase desapercibido. Es la forma que tiene el Padre de enfrentar al mundo con su propio horror, de poner de manifiesto sus mentiras y engaños, y su impotencia para salvarse a sí mismo. El Cristo crucificado pone ante el mundo aquel silencio que lo incita a abandonar sus ilusiones y a volverse con fe hacia el Único que puede salvarlo. Aunque el mundo querrá siempre salvarse a sí mismo. El silencio de Dios es una negativa a entrar en la lógica del mundo. Si lo hiciese solo lograría normalizar o sacralizar el horror de la violencia y del huero sacrificio de la humanidad en los altares de la fantasía imperialista, sea política o espiritual.

Los silencios se rompen al fin con el “shalom” de Cristo resucitado. Cristo, que porta aún las marcas de su crucifixión, para que podamos reconocerlo y para que ya nunca pueda quedar borrada de la historia la realidad de la cruz. Mientras tanto la Iglesia, en cada momento de la historia, con las mujeres que se hallaban al pie de la cruz y en solidaridad con todos los crucificados, sigue esperando en silencio escuchar su voz: “Shalom, no temáis, soy yo”.

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Publicado por Communications Office - Editor in Curia Generalizia
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