The Loyola School: centro de educación infantil gestionado por la Compañía en Baltimore que mueve a sus alumnos a reconocer su propia grandeza
Por Eric A. Clayton
A la entrada de The Loyola School cuelga un cartel aparentemente sencillo. Da la bienvenida a alumnos y visitantes cuando llegan desde las calles de Baltimore, en lo que solía ser una hilera de casas adosadas y es ahora un centro de aprendizaje temprano y desarrollo infantil. Recibe alumnos desde los dos años hasta cuarto de primaria.
¿Cómo se enteran? El cartel lo proclama con rotundidad: “¡Bienvenidos a nuestra increíble escuela!” Y es que resulta increíble: tres plantas completamente renovadas, recién restauradas, que albergan un centro educativo en constante expansión. Fundado en 2017, este amplio espacio significa que las clases ya no se imparten en el sótano o en la capilla de la iglesia de San Ignacio de enfrente, al otro lado de la calle. The Loyola School –y sus alumnos, profesores, administradores y familias– tiene ahora hogar propio.
¿Y el cartel? Es un detalle sencillo, quizás incluso predecible. Pero que sirve de cotidiano recordatorio para las mentes infantiles que cruzan nuestra puerta: Merezco lo increíble. Merezco todo esto.
“Quiero que [nuestros alumnos] sepan que se les conoce, que se les quiere, que se les aprecia y estimula, que se merecen todo eso”, afirma Greta Rutstein, directora de The Loyola School.
El que contemos con todo un hermoso edificio es solo el ejemplo más reciente y tangible del proyecto que estamos poniendo en práctica para amueblar y empoderar mentes juveniles. Protagonista de toda esta labor es el P. William Watters, SJ, sacerdote jesuita y legendario fundador de numerosas escuelas en Baltimore y muchos otros lugares.
El P. Watters, siendo párroco de St. Ignatius, advirtió que la ciudad de Baltimore tenía gran necesidad de una escuela secundaria gratuita de la Compañía. Siendo consecuente fundó en 1993 St. Ignatius Loyola Academy y, posteriormente, en 2007, Cristo Rey Jesuit High School para seguir atendiendo a los alumnos sin coste alguno para sus familias.
Pero, a pesar de tales éxitos, quedaba claro un dato preocupante: no pocos de los alumnos comenzaban la secundaria con un retraso de dos o tres años en lectura y matemáticas. Ponerse al día les podía suponer un esfuerzo titánico, y aquellos que quedaban descolgados a menudo ya no se recuperaban. La solución estaba clara: la Compañía tenía que comenzar a ocuparse de esta población mucho antes. Eso significaba empezar con el nivel de preescolar.
De modo que, en 2017, The Loyola School comenzó con una matrícula de sólo 18 niños de dos años. En cada uno de los años siguientes (con la excepción del año del COVID) se fue añadiendo un nuevo curso, lo que ha dado como resultado que, en 2026, tenemos 140 alumnos matriculados. ¡Y aún hay margen para crecer!
Ya desde aquellos primeros días, The Loyola School estaba siendo pionera en la ciudad.
“En el estado de Maryland, el jardín de infancia es universal”, afirma James Fiore, director de la escuela. “Ahora están intentando que también la educación preescolar lo sea para todos. Pero no hay otra posibilidad de matrícula gratuita de este tipo para niños de dos o tres años.”
Y eso significa que existe una gran brecha en la que las familias se ven obligadas a defenderse por sí mismas, y en la que los niños sin recursos pueden empezar a quedarse rezagados respecto a compañeros de su edad.
The Loyola School quiere cambiar eso, no solo por lo que toca a los alumnos, sino también por lo que toca a sus padres.
Antes de convertirse en presidente de The Loyola School, Fiore era profesor en St. Ignatius Loyola Academy. Según nos dice él mismo, una de sus grandes alegrías en el cargo que desempeña actualmente, ha sido ver que tantos de sus antiguos alumnos son ahora padres y profesionales en activo que le confían el cuidado de sus hijos. Es una historia de éxito, aunque el éxito verdadero y duradero lleva tiempo.
“La riqueza es una cuestión generacional”, explica Fiore. Sus antiguos alumnos están ahora en posesión de diplomas de secundaria y títulos universitarios, pero necesitan la oportunidad de seguir trabajando para poder invertir en sí mismos y en su comunidad. Abandonar en parte su carrera porque no pueden encontrar una guardería, supone un retroceso en su vida de familia y en su vida social. Ahí es donde entra en juego la educación preescolar gratuita. “Este modelo ayuda porque no les resta tiempo para su carrera”, dice Fiore.
El trabajo de The Loyola School,no se limita al cuidado de toda la familia en su fase inicial – y, en última instancia, de toda la comunidad. “Realmente lo que imaginamos es ofrecer una experiencia integral a estas familias”, dice Rutstein. Y pone como ejemplo a la madre de una alumna de cuarto curso que lo único que necesitaba era un poco de orientación y de ánimo para rellenar la solicitud de su hija para la escuela secundaria. El equipo de The Loyola School estaba ahí para ayudarla. “Pero podemos hacer mucho más”, admite Rutstein.
Rutstein y sus colegas son muy conscientes de que, cuando acabe el curso escolar 2026, en The Loyola School habrá algunos graduados más. Pero, ¿cómo puede seguir apoyando a esta creciente comunidad de antiguos alumnos?
El cuidado de toda la familia es como un eco de aquel principio ignaciano fundamental: ocuparse de la persona en su totalidad, la cura personalis. Cuidamos de los alumnos no solo en el aspecto académico, sino también espiritualmente, en consonancia con la rica tradición ignaciana de formar mujeres y hombres que saben discernir esa personal vocación que Dios les ha concedido. En The Loyola School –de cuyo alumnado los católicos constituyen una minoría– los alumnos reciben educación religiosa a través de la Catequesis del Buen Pastor, un programa de formación en la fe católica basado en el método Montessori, que fomenta una relación contemplativa con Dios en niños de tan solo tres años.
Fuera del aula, el recién nombrado director de misión ignaciana y formación en la fe, Mark Dushel, ha sido designado para formar en el carisma ignaciano a los alumnos de The Loyola School, St. Ignatius Loyola Academy y Cristo Rey Jesuit High School. Esto implica grupos de oración, actividades ecuménicas y muchas más cosas.
Su labor en estas tres instituciones educativas refleja la constelación de colegios de jesuitas -con todo su potencial de colaboración- presente en Baltimore. Los alumnos de Cristo Rey actúan ya como ayudantes del profesorado; los alumnos de Loyola Blakefield –escuela preparatoria de la Compañía del norte de la ciudad de Baltimore– ayudan a instalar ordenadores; y los alumnos y el profesorado de Loyola University Maryland colaboran con The Loyola School en proyectos de investigación práctica y oportunidades de aprendizaje.
Pero queda todavía trabajo. The Loyola School quiere seguir creciendo, seguir ofreciendo a los alumnos y a sus familias clases de gran calidad y una red comprometida de personal y administradores. Es más, The Loyola School quiere compartir lo que ha aprendido.
“¿Qué cosas han funcionado realmente bien para que podamos ser, en el futuro, modelo para otras ciudades?”, se pregunta Rutstein. Le preocupa documentar bien lo que hemos aprendido en nuestros primeros años de The Loyola School para así poder compartir las mejores prácticas con otros. Lo que ella desea es que otras ciudades importantes en las que tiene presencia la Compañía comiencen a preguntarse: “¿Hay en nuestro entorno un especio para esto?”
Porque, en última instancia y con independencia de la ciudad, hay jóvenes que necesitan que se les recuerde que valen, que, a lo largo de sus vidas, necesitan ser acompañados por una comunidad de adultos que se preocupen por ellos. En todo el mundo hay estudiantes que merecen ver un cartel llamativo que proclame: “¡Bienvenidos! Merecéis lo increíble.”
Más información en The Loyola School: https://loyolaschoolbaltimore.org/







