El Diaconado: Servicio, crecimiento personal y resiliencia
La Iglesia ha señalado una serie de días, a lo largo del Año Jubilar 2025, para festejar a diferentes grupos y diversos ministerios. Los días del 21 al 23 de febrero han sido designados para celebrar el Jubileo de los Diáconos. En las líneas que siguen comparte con nosotros su experiencia en el ministerio diaconal Serge Kasiama, SJ, y nos cuenta lo que el diaconado ha significado para él: una experiencia de profundo crecimiento y realización personal, que le ha permitido conectar con el pueblo de Dios a través del servicio.
Por Serge Kasiama, SJ
El diaconado, junto con el presbiterado (sacerdocio) y el episcopado, es una de las órdenes sagradas de la Iglesia cristiana. El diaconado es ciertamente una vocación muy antigua, que se remonta a los primeros tiempos de la Iglesia y que ha ido evolucionando con el tiempo para responder a las necesidades de la comunidad cristiana. El término “diácono” viene del griego “diakonos”, que significa “siervo” o “ministro”. Es decir, que los diáconos desempeñan un papel esencial en la vida de la Iglesia como servidores de la comunidad. Entre sus responsabilidades podemos enumerar:
• La asistencia durante las celebraciones litúrgicas, como la misa.
• La predicación y la instrucción en la fe.
• El servicio de la caridad, especialmente el apoyo a los pobres y necesitados.
• La gestión de ciertos asuntos administrativos de la Iglesia.
• Visitar a los enfermos y ancianos.
Son varios los aspectos que marcan mi experiencia del diaconado, entre ellos quiero destacar el aspecto espiritual, el aspecto emocional y el aspecto vivencial.
1. Desarrollo espiritual
La experiencia del diaconado ha impulsado en mí no sólo una reflexión profunda y continua acerca de mi relación con Dios, sino también un serio compromiso con mi fe. Este compromiso espiritual ha dado origen a un sólido desarrollo personal y me ha llevado a profundizar en el conocimiento de la Escritura y de la doctrina de la Iglesia. Esta búsqueda constante de conocimiento y de sabiduría ha fortalecido mi fe personal y ha enriquecido mi vida espiritual, en el sentido de que, día a día, dejo que me vaya impregnando la palabra del Señor, con la lectura de la Sagrada Escritura y la preparación de mis homilías. Esta es la prueba de la innegable riqueza espiritual de la vida del diácono: un sincero gusto por el ministerio del diaconado, que me da arraigo en la vida espiritual y en Cristo el Maestro.
2. Servicio y compasión
El papel principal de un diácono no se limita a servir en el altar durante la celebración eucarística, sino que sirve además a los demás al margen de la celebración eucarística, a ejemplo del Señor Jesús. Así queda patente en aquella poderosa formulación que nos recuerda que la humildad y el servicio son valores centrales en la doctrina cristiana: “Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos” (Mt 20,28). Esta vocación de ayuda y apoyo a los necesitados ha hecho brotar en mí cualidades de compasión, empatía y altruismo, y me ha llevado a poner las necesidades de los demás por delante de las mías y a crecer en humildad y comprensión ante los problemas de los hombres. Es una experiencia que me ha ayudado a crecer en capacidad de comunicación, de organización y gestión, y me ha enseñado a trabajar con personas muy diversas, a resolver conflictos y promover unidad y colaboración. Sirviendo a los demás con amor y humildad, crezco en experiencia y en madurez personal.
3. Realización emocional
Ayudar a los demás y ver el impacto positivo de ese servicio crea en mí una gran sensación de estarme realizando personal y emocionalmente. Una sensación de estar contribuyendo a algo más grande que yo mismo. Y eso causa en mí una profunda satisfacción y una sensación de logro y de paz interior. Es una invitación a establecer relaciones más sólidas con personas positivas y solidarias, dentro y fuera de la comunidad, que me ofrecen un apoyo y hacen posible que comparta mis penas y mis alegrías de forma auténtica.
4. Fortaleza ante los problemas
El diaconado no sólo aporta paz interior, sino que expone a situaciones muy diversas y difíciles, como son el dolor y la injusticia, la vergüenza, la humillación, a momentos de consolación y desolación, etc. El servicio que hago dentro y fuera de las celebraciones eucarísticas es a veces poco valorado por otros ministros (ancianos) o celebrantes, y por qué no, por las personas que participan en la celebración. Afrontando estos desafíos con fe y determinación, he desarrollado una gran resiliencia emocional y psicológica. Lo que más me ayuda a superar las dificultades que encuentro en esta etapa esencial que conduce directamente al sacerdocio es, sobre todo, la escucha activa. Escuchar atentamente las críticas hace que comprenda las preocupaciones y los puntos de vista de los demás. Es una muestra, a la vez, de respeto y de empatía. Responder a las críticas de forma constructiva y proponer soluciones o posibles mejoras, puede lograr que las críticas negativas se transformen en oportunidades de crecimiento.
En resumidas cuentas, el diaconado ofrece un itinerario de crecimiento personal rico y completo. Cultiva el corazón, la mente y el alma del diácono. Es un camino de servicio y de fe realmente transformador y que realiza a la persona de manera significativa si, y sólo si, se deja acompañar de la oración profunda, la escucha del Señor y el abandono total a Él.







