Una iniciativa para promover la ecología integral en Iniangi, República Democrática del Congo

Por Christian Ngoso SJ

Las poblaciones más vulnerables a la actual crisis ecológica son las que viven en los países en desarrollo. Ante esta crisis, es imperativo encontrar soluciones sostenibles. El Papa Francisco hizo, en su día, un llamamiento urgente con la encíclica Laudato si’ a favor de una ecología integral como respuesta sostenible a esta crisis. La Compañía de Jesús, por su parte, ha hecho del proteger nuestra casa común una Preferencia Apostólica Universal. Uno de los lugares donde los jesuitas están haciendo todo lo posible por encontrar soluciones sostenibles es la aldea de Iniangi, en la República Democrática del Congo.

Según el Papa Francisco, la ecología integral es aquella que percibe “el lugar peculiar del ser humano en este mundo y sus relaciones con la realidad que lo rodea”. En otras palabras, la que no descuida las diferentes dimensiones de la persona humana. Por lo tanto, el hecho de trabajar como sacerdote joven en esta región requiere tener en cuenta la realidad que viven los cientos de cristianos que viven bajo mi cuidado pastoral.

Iniangi, situada en la provincia de Kwango, al oeste de la República Democrática del Congo, está situada en un paisaje de sabana con suelos arenosos muy pobres. La población local vive principalmente de la agricultura, que depende en gran medida de las lluvias. Pero el cambio climático está afectando directamente a su actividad de campesinos. En los últimos años se han producido perturbaciones climáticas que han afectado al calendario agrícola y al rendimiento de las cosechas. Por otra parte, algunas de las prácticas agrícolas que se usan en la zona no son sostenibles. Los agricultores recurren al cultivo itinerante, una práctica que no es respetuosa con el medio ambiente y que, en las condiciones económicas actuales, ya no les permite obtener buenos rendimientos. Esta disminución del rendimiento agrícola repercute en la seguridad alimentaria, lo que se traduce, concretamente, en tasas de mortalidad infantil muy elevadas.

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Cuando llegué a Iniangi, esta situación me conmovió profundamente. A los dos años de mi ordenación sacerdotal, mi superior me envió a trabajar a esta región. Gracias a mi formación previa en agricultura, sentí la llamada a convertirme en un apóstol de la ecología integral. Ya en primeros meses en Iniangi quedé impactado por el número de funerales de niños que tuve que celebrar. Eran muertes que se debían, entre otras cosas, a la malnutrición. Indignado por semejante situación, decidí pasar a la acción. Al principio, centré mi actividad en la oración por este pueblo que tanto sufría. Luego, en mi trabajo pastoral y en particular en mis homilías, tomé la decisión de invitar al pueblo de Dios a introducir cambios.

Yendo más allá de las simples palabras, opté por un enfoque mucho más empírico, que acabó tomando la forma de una granja modelo. Con una superficie de dos hectáreas, este campo empezó a acoger jóvenes y adultos, a los que iniciábamos en buenas prácticas agrícolas. Al cabo de dos años había recibido a unos diez jóvenes, que habían recibido formación en técnicas agrícolas correctas. Estos jóvenes recibieron, en concreto, formación para hacer uso del abono verde, que se emplea para proteger y mejorar el suelo. La cosa consistía, básicamente, en plantar legumbres (frijoles, caupí y soja) como cultivo de cobertura, en combinación con cosechas de yuca. Elegimos legumbres como cultivo de cobertura por su capacidad para enriquecer el suelo con nitrógeno y su importante contribución a una dieta proteínica.

El grupo de adultos participaba asimismo en los distintos programas de rotación de cultivos. Al involucrarlos en estas tareas, adoptamos el enfoque de “learning by doing” (aprender haciendo). Así, aunque no recibían formación específica alguna, aprendían, con la práctica, las buenas prácticas agrícolas que habíamos decidido emplear en nuestro campo. Otra de las prácticas en las que nos hemos centrado es en la agrosilvicultura, que consiste en integrar, con toda intención, algunos árboles en las zonas de cultivo. Nuestro campo está salpicado de árboles frutales y otras especies arbóreas que enriquecen el suelo. Esta combinación de cultivos y árboles nos permite obtener beneficios del suelo sin agotarlo.

En definitiva, mi trabajo en esta zona rural va mucho más allá de la simple agricultura. Pretendo, ante todo, llevar a cabo una misión de salvación integral que busca reconciliar al ser humano con su entorno. En este enfoque, involucrar a los jóvenes en prácticas agrícolas sostenibles es una forma eficaz de llegar a esta generación y de iniciar un cambio. Esperamos que estas prácticas ecológicas contribuyan realmente a una práctica alimentaria más segura y a preservar el medio ambiente. Esperamos también que los que se ven afectados por esta iniciativa nuestra difundan el mensaje entre sus allegados.

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Publicado por Communications Office - Editor in Curia Generalizia
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