Las relaciones entre la Iglesia y el fascismo. El padre Enrico Rosa y la incautación de La Civiltà Cattolica el 23 de julio de 1929
Por Sergio Palagiano | Archivum Romanum Societatis Iesu (ARSI)
El 23 de julio de 1929, el prefecto de Roma ordenó la incautación de todos los ejemplares del cuaderno nº 1898 de La Civiltà Cattolica, del 20 de julio, por “el contenido genérico y específico antiitaliano y antifascista” del artículo anónimo titulado Tra ratifiche e rettifiche. La parola del Papa (“Entre ratificaciones y rectificaciones. Las palabras del Papa”). El autor era el padre Enrico Rosa, SJ, director de la revista desde 1915 hasta 1931.
En el artículo, el padre Rosa, al reflexionar sobre la relación entre la historia y el presente, sostiene que Nihil novum sub sole: los acontecimientos contemporáneos solo pueden entenderse a la luz del pasado, ya que tienden a repetirse siguiendo patrones ya conocidos. Partiendo de esta premisa, el padre Rosa establece un paralelismo entre el pontificado de Pío XI y el de Pío VII, basándose en las crisis políticas y sociales a las que ambos tuvieron que hacer frente.
Nada más ser elegido Papa en Venecia en 1800, el cardinal Chiaramonti (Pío VII) había dirigido un sincero llamamiento a los soberanos y pueblos europeos para que orientaran su actuación hacia la educación cristiana de la juventud, la difusión de la buena prensa “...como parte esencial de la propia labor educativa...” y el reconocimiento de la libertad de la Iglesia. Estos eran los instrumentos indispensables para contrarrestar los efectos de las ideas revolucionarias que estaban transformando Europa. El Concordato de 1801 con Napoleón parecía, en un principio, haber restablecido la paz entre la Iglesia y el Estado en Francia, ya que el Papa había conseguido el reconocimiento del catolicismo como la religión practicada por la mayoría de los franceses.
Pero las expectativas se vieron pronto frustradas por la incorporación unilateral de los Artículos Orgánicosal Concordato en abril de 1802, con el fin de restringir la libertad concedida a la Iglesia y subordinar sus decisiones al poder civil. Pío VII intervino en varias ocasiones con rectificaciones y protestas y, aunque carecía de fuerza militar –como destaca padre Rosa–, el pontífice reinó hasta 1823, mientras que el emperador, una vez derrotado, fue exiliado a Santa Elena en 1815: la fuerza militar podía ser vencida por la fuerza moral del derecho y de la fe.
El padre Rosa establece una analogía entre la firma del Concordato de 1801 y la firma de los Pactos de Letrán del 11 de febrero de 1929. El acuerdo entre la Santa Sede y el Estado italiano, que ponía fin a la Cuestión Romana, supuso un acontecimiento histórico extraordinario, celebrado con numerosas manifestaciones civiles y religiosas. Pero también en esta ocasión, al igual que en 1801, el entusiasmo inicial tuvo que dar paso rápidamente a las dificultades y obstáculos que fueron surgiendo poco a poco. Poco antes de la ratificación, en mayo de 1929, el jefe del Gobierno, Benito Mussolini, pronunció en el Parlamento varios discursos que contenían afirmaciones denigrantes hacia la religión católica y que, sobre todo, tendían a restar importancia al papel de la Iglesia y al propio contenido de los Pactos.
Al igual que Pío VII en su momento, Pío XI intervino para responder indirectamente al Duce amenazando con anular el Concordato y el Tratado. Lo hizo mediante el discurso del 14 de mayo, durante la audiencia concedida a los alumnos del Collegio Mondragone, y en la carta del 30 de mayo dirigida al Cardenal Secretario de Estado Pietro Gasparri. En el primero reivindicaba la misión educativa de la Iglesia y su sana doctrina “...en contra de ciertas afirmaciones recientes...”, mientras que en la carta rechazaba otras “...afirmaciones erróneas y graves prejuicios...”, reiterando los principios de la doctrina católica y el significado auténtico de los Pactos de Letrán (Palabras pontificias sobre los acuerdos de Letrán. Inmediatamente después de la firma; Al Cuerpo Diplomático; Tras los discursos y los debates parlamentarios, Roma 1929).
Los discursos del Papa –continúa el padre Rosa– pretendían ser auténticas rectificaciones, necesarias para aclarar el contenido de los acuerdos y corregir las interpretaciones políticas que se consideraban inexactas. Las Palabras pontificias mostraban la perfecta coherencia del pensamiento del Papa en su papel de padre y guía espiritual, maestro de la doctrina católica y soberano independiente reconocido por el derecho internacional. Y eran indispensables para comprender correctamente el significado de los Pactos de Letrán y defender la misión educativa y espiritual de la Iglesia frente a interpretaciones engañosas.
Las autoridades fascistas consideraron el artículo como una crítica a las posturas del Gobierno y una reivindicación de la autonomía eclesiástica frente a las posiciones del régimen, por lo que se ordenó su incautación. La medida tenía un mensaje político explícito: el régimen no estaba dispuesto a tolerar intervenciones públicas que pusieran en tela de juicio su propia línea.
La ratificación de los Pactos de Letrán no había eliminado las tensiones entre el régimen y la Iglesia, que, por el contrario, estaban destinadas a agudizarse en torno a cuestiones vitales como la educación de los jóvenes, el papel de las asociaciones católicas y los límites del control estatal sobre la vida religiosa. Tensiones que alcanzarían su punto de ruptura en mayo de 1931, cuando el régimen decretó la disolución de los círculos juveniles de la Acción Católica Italiana, a lo que siguió la promulgación de la encíclica de Pío XI Non abbiamo bisogno del 29 de junio, escrita en defensa de la Acción Católica Italiana. Esto condujo posteriormente, el 2 de septiembre, al acuerdo entre la Santa Sede y el Gobierno, que reconocía la existencia de los grupos juveniles católicos, pero restringía su actividad al ámbito espiritual.






